Pues ahí tienen que, una vez más, como ya se ha vuelto
costumbre, los representantes de nuestro (des)gobierno mexicano corren
presurosos a ponerse a las órdenes del gobierno estadounidense, ahora
promoviendo, abiertamente, que personal gringo, adscrito a las oficinas de
aduanas y migración establecidas en territorio mexicano, puedan portar armas,
dizque para cumplir eficazmente con sus tareas. Para tal efecto, el gobierno de
Enrique Peña Nieto acaba de enviar al Senado mexicano una iniciativa de reformas
a la “Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos”, tal vez partiendo del hecho
cierto que, de todos modos, siempre ha ocurrido así por acá con los agentes de
las más diversas agencias de seguridad estadounidenses, como la emblemática CIA
y, por tanto, no habría de qué espantarse. El problema, empero, no radica solamente
en ese hecho, sino en la forma en la que, reiteradamente, se vulnera el espíritu
de presunta independencia (soberanía) que debería caracterizar la política
exterior mexicana.
Desgraciadamente, desde hace muchos años que nuestra política exterior
ha dejado de lado los principios rectores que le valieron respeto internacional
y hasta el reconocimiento de cierto liderazgo regional en América Latina,
principios consagrados en el artículo 89, fracción X de la Constitución General
de la República, pero cada vez más burlado por nuestra propia clase política
gobernante. En dicho artículo y fracción se establece que “el titular del poder
ejecutivo federal observará, en la conducción de la política exterior, los
principios normativos de: autodeterminación de los pueblos, la no intervención,
la solución pacífica de controversias, la proscripción de la amenaza o el uso
de la fuerza en las relaciones internacionales, la igualdad jurídica de los
Estados, la cooperación internacional para el desarrollo, el respeto, la
protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la
seguridad internacionales”. Todo un catálogo, pues, de facultades y
obligaciones para el Presidente en turno.
Con Vicente
Fox se llegó al vergonzante extremo de suplicarle al representante de otro
gobierno que se sometiera a los caprichos del gobierno estadounidense, el
famoso “comes y te vas”, cuando Chente le pidió al presidente de Cuba, Fidel
Castro, que se retirase de una Cumbre Iberoamericana celebrada en México para
no molestar a George Bush, provocando que, luego, Fidel exhibiera a Fox como vulgar
limpia-botas de los gringos, en un episodio que aún se recuerda como ejemplo de
indignidad grave mostrada por el gobierno mexicano. Con Calderón, ya se sabe
que el combate al crimen organizado fue el pretexto ideal para que se acentuara
el intervencionismo del gobierno gringo en la re-orientación de la política de
seguridad mexicana, más con miras a fortalecer el trasiego de armas que a
prevenir el trasiego de drogas, como quedó evidenciado con el famoso operativo
“rápido y furioso”.
En suma, lo
que plantea ahora el gobierno de Peña Nieto confirma lo que ya es de todos
conocido como experimentado: la declinación de nuestra soberanía frente a los intereses
del gran capital trasnacional, cuestión que se ha querido justificar como de “inevitable”
inserción de nuestra economía en la “globalidad”, so pena de quedar aislados de
una modernidad que, visto está, no respeta fronteras… ni carteras. El famoso
modelo neoliberal, que proclama como “natural” que las economías
subdesarrolladas, como la nuestra, tengan que abrirse a los embates depredadores
del capital externo para poder integrarse a un mercado mundial en el que
jugamos, en el mejor de los casos, como socios menores de las grandes potencias
imperialistas que, como la estadounidense, hieren sin el menor empacho nuestra
débil soberanía, esa capacidad que, no hace mucho, se tenía como el poder de
disponer, libremente, de la riqueza producida. Permitir que agentes
estadounidenses anden armados en México, “como Juan por su casa”, es la descripción
más gráfica de una condición de minusvalía política que padecemos hace ya rato.
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