miércoles, 26 de agosto de 2015

¿Quién pidió mariachis?

Fieles al estilo cínico y desvergonzado que los ha caracterizado, los diputados de la casi fenecida legislatura potosina se jactan de que van a terminar su (en)cargo, en los próximos días, como creen que lo merecen: con bombo y platillo. Para tal efecto, el ya cliente de esta columna, el diputado “Chógono” Sánchez, ha declarado públicamente que llevarán mariachis al cierre de su función, porque dice que “así llegaron” y, suponemos, asume que no es de Dios que se vayan por la puerta de atrás.


El episodio de marras parece anecdótico y podría tomarse como una más de la serie de gracejadas en que se regocijan estos diputados, como para que los ciudadanos se convenzan de que todo lo que se haga para llamarlos a la cordura, responsabilidad y compromiso con la sociedad estará condenado al fracaso; sin embargo, es también la ocasión de insistir en la importancia de recuperar la dignidad y función del poder legislativo, en una nueva etapa que se espera sea productiva y benéfica para los potosinos.


En estos días, previos a la asunción del poder por parte del doctor Juan Manuel Carreras en el ejecutivo estatal y de los legisladores electos de distintos partidos en el congreso local, se han publicitado encuentros sostenidos entre las fracciones partidistas y el próximo gobernador. Suponemos que se trata de una muestra de la disposición que tendrán para “llevar la fiesta en paz”, así como tender los necesarios puentes de diálogo entre poderes para beneficio del pueblo potosino.


Es deseable que allí quede claro que el diálogo entre poderes no significa sumisión de uno al otro, sobre todo del legislativo al ejecutivo, ya que, desgraciadamente, esa ha sido la constante y nos ha llevado a situaciones lamentables en materia democrática en general y, de diversos aspectos que tienen que ver con la confección de leyes por consigna o al vapor, así como de una “conveniente” fiscalización que favorezca ciertos intereses políticos y/o empresariales, todo ello en detrimento de la dignidad de ambos poderes porque “tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata”.


Ojalá que los diputados que llegarán a la siguiente legislatura no pierdan de vista que su compromiso es con los ciudadanos y no con facciones que busquen utilizarlos como vehículo de negocios privados o inconfesables, así como que tengan muy preciso que el poder que ostentan deriva de un mandato popular y no tiene por qué asumirse como delegación de atribuciones para hacer lo que se les antoje u ocurra; en todo caso, deberán tener presente el espíritu democrático que implica que los preceptos por ellos formulados también los incluyen, nada de que son sujetos de excepción.


La soberanía popular que descansa, por mandato ciudadano, en ese cuerpo colegiado que conocemos como poder legislativo, debe ser cada vez más un procedimiento cotidiano de toma de decisiones que incida, acertadamente, en el espacio normativo de lo público (Habermas, dixit), para que su legitimación sea permanente y no sólo en cada época electoral; esto incluye, por supuesto, la capacidad de formular juicios y preceptos que, discursivamente, no sólo sean lógicos jurídicamente, sino sensatos y hasta mínimamente comprensibles.



Esto último tiene que ver, obviamente, con la necesidad de atemperar el verbalismo desquiciado en el que suelen caer nuestros representantes populares que, para desviar la atención de la responsabilidad política que les toca o para tratar de justificar que hacen algo, se las gastan para espetar toda clase de sandeces que, ni siquiera, se agradecen como muestra de humor involuntario. Seriedad, pues, señores diputados y ojalá y estén al nivel de una ciudadanía que reclama calidad en los hechos y en los dichos, como esos que han dado fama al diputado “Chógono”. El desparpajo, que se lo dejen al ciudadano, pues al rato hasta ese sacrosanto derecho le van a confiscar en despoblado. Así que: ¿quién pidió mariachis?  

miércoles, 12 de agosto de 2015

Mal de muchos…

Cuando ya no hay para dónde hacerse, cuando “la lumbre llega a los aparejos”, sólo queda el recurso de culpar a los demás o salir con el pretexto de que así andamos todos. Esto aplica para el gobierno mexicano que ya no siente lo duro sino lo tupido, con tantas broncas que se le acumulan cotidianamente y en todos los frentes. La operación política naufragando, la economía en picada, la imagen internacional deteriorada y las expectativas del conjunto de la sociedad cada vez más lejos de ser cumplidas cabalmente. En suma, un panorama que se aprecia complicado para el país en el futuro inmediato, toda vez que, ciertamente, hay una crisis que recorre el mundo, pero que nos pega por partida doble por la endeble condición de atraso y subdesarrollo (tanto económico como político) que arrastramos.


     En tal contexto, no es de sorprender que el presidente Peña Nieto aviente el arpa de su delicada encomienda como jefe del Estado mexicano, justificándose con el sobado recurso de lanzar la pelotita de los errores propios a otro lado. “A otros países les va peor”, ha dicho para sortear las críticas a los embates de la debacle económica. Como no sea que se refiera a economías crónicamente débiles de algunos países perdidos en tierras ignotas, no parece muy propio afirmar que estamos mejor que otras con características similares a la nuestra; al contrario, chance y hasta quedemos a deber. Antes se decía: “México para los chilenos y Chile para los mexicanos”, dando a entender que estábamos a la par de ese país, por ejemplo; ahora sólo queda como eco de un albur ingenioso.


     Lo que sí sorprende es que el presidente Peña, en lugar de proponerse dinamizar la alicaída economía nacional, mediante un proyecto renovado de apoyo a los distintos sectores productivos del país, se concentre en dinamizar… ¡la cocina mexicana!, según reciente anuncio oficial que pretende impulsar una nueva estrategia de crecimiento y desarrollo basada en el arte, ciertamente insuperable, de hacer gorditas, sopes, tlacoyos, tostadas borrachas, y demás variedad de nuestra deliciosa gastronomía. Cuando escucha uno este tipo de noticias, la verdad es que lo único que se alborota son las tripas que llaman a saciar hambre y antojos culinarios, pero no deja de ser vista como una idea-fuerza que retrata, inmejorablemente, el grado de “crisis en el manejo de la crisis” de que se hace gala en este gobierno.


     Por desgracia, México sigue siendo el país por excelencia en el que todo es posible que suceda, así sea que se trate de las más descabelladas ocurrencias de nuestros gobernantes. Somos únicos en ese sentido. Pero el problema está en que seguimos atorados en una descomunal desigualdad que amenaza, cada vez más, la precaria estabilidad social. Cuando las cosas se ponen “color de hormiga”, nuestras autoridades resultan más canijas que bonitas y apelan al heroísmo de nuestro pueblo que aguanta vara para todo; pero ya se sabe que cuando “el pueblo se cansa de tanta pinche tranza”, seguro se lanza contra viento y marea que pretenda su reposo. Así que, señores gobernantes, no le busquen tres pies al gato porque, luego, resulta que sí tiene cuatro. 



     Para terminar con este rollo que pretende hacer leña del árbol peñista caído, no tanto por morbosa actitud que dispensa un cuestionamiento a su peculiar política de pan y palo, sino por la necesidad de pugnar que vaya más allá de lo ordinario en la gestión de políticas públicas que en verdad necesitamos. Vale recordar que los grandes momentos de crisis reclaman una visión más amplia y comprometida con la historia que a cada jefe político de la nación le ha tocado, como cuando a principios del siglo pasado, ante la vorágine violenta del cambio, don Andrés Molina Enríquez pedía pensar y actuar en función de “los grandes problemas nacionales”. Hoy lo que persiste es el desparpajo y hasta el desplante tele-dramático de un gobierno que, de plano, mejor se consuela con el “mal de muchos”, con el consuelo de sonsos.          

miércoles, 5 de agosto de 2015

Fingir locura


En el ocaso de su mandato, el gobernador potosino Fernando Toranzo se da el lujo de mandar al carajo cualquier queja o reclamo que le sea enderezado por alguno de sus gobernados. Ya nada le preocupa, dice el primer mandatario, ya se va. Si los empresarios que piden rendición de cuentas, en el caso del impuesto sobre nómina, “fingen locura”, según el rápido diagnostico del médico-gobernante, pues ya podemos imaginar el concepto en el que tiene a toda la gente que no comulga con el verbo de sus presuntos logros espectaculares en seis años de una administración que, por cierto, sus propagandistas cacarean, “ad nauseam”, como más y mejor que la anterior… no importa que de ella formara parte el hoy mandatario.


     En efecto, ¿qué le puede preocupar a un gobernante que se va con más pena que gloria de una administración estatal fallida? Cuando se ha dejado una estela de buen ejercicio de gobierno, seguramente preocupa que la gente olvide pronto los servicios prestados a la comunidad, no por prurito egoísta, sino por compromiso efectivo de trascender el tiempo que tocó ser parte fundamental de la historia local, así sea medio aldeana y/o parroquial. Cuando no se aspira a trascender, a dejar ejemplo de vocación y espíritu democráticos, sólo queda el recurso de culpar a los demás de no ir más allá de lo que pudo ser y no fue. Tal parece que en eso anda el gobernador Toranzo: aclarando que hizo lo que pudo pero, ni modo, no había “click” para más.


     Seguramente, el gobernador tiene claro que hay un hartazgo social, pero no se preocupa porque, ciertamente, ese hartazgo social no se traduce, por ahora, en acciones más amplias y directas de reclamo. La sociedad potosina, citando a un clásico, es como el atole: “tarda mucho en calentarse, pero luego tarda mucho en enfriarse” y, tal vez, por eso, ahora ni siquiera vemos que se proponga algún juicio popular al término del mandato torancista (como antes se hizo con otros ex-gobernadores), por lo menos para aplacar la “muina” que corroe a no pocos ciudadanos. ¿O será tan gris, tan eclipsado, el cierre de la actual administración, que ni siquiera vale la pena ese tipo de catarsis social? Quién sabe. El punto es que, en efecto, el galeno puede seguir pescando en aguas tranquilas.


     Pero tampoco es muy bien visto que se le den de patadas al pesebre. El gobernador se debe a los muchos electores potosinos que, entusiasmados por un perfil que se tenía como más sensible y humanitario, gracias a su formación de médico, se pensaba que estaría a la altura de las expectativas despertadas, sobre todo después de una administración caracterizada por el boato y el desparpajo. El hombre derrochaba humildad y se le tenía como la esperanza de los más pobres entre los pobres. Pero el desencanto ciudadano se fue incubando como propagando, en la medida que don Fernando dejó que otros manotearan a gusto en las responsabilidades que se le habían encomendado y, sin mayor empacho, un día aciago resolvió que ya no era más indispensable que lo necesario.



     Pero el médico resultó indispensable a la hora de consumar el giro que tomaría la sucesión de su propio (en)cargo, y allí tienen que logró evitar que se diera la alternancia política en el gobierno del Estado. Es un logro que muchos envidiarían, y ni modo que se lo anden regateando. En ese sentido, Toranzo bien puede jactarse de que lo más “peliagudo” ha pasado. Lo que sigue son los naturales gajes de un oficio que le tocó cubrir estos seis años y que, al final de su mandato, se traducen en el inevitable síndrome del “solitario de palacio”. Pero ya se va. Así que no hay de qué preocuparse. Que se preocupen quienes fingen locura… por no querer entender que la responsabilidad de un gobernante, como reza el dicho popular, no se reduce a cumplir antojos y enderezar jorobados.