Fieles
al estilo cínico y desvergonzado que los ha caracterizado, los diputados de la
casi fenecida legislatura potosina se jactan de que van a terminar su
(en)cargo, en los próximos días, como creen que lo merecen: con bombo y
platillo. Para tal efecto, el ya cliente de esta columna, el diputado “Chógono”
Sánchez, ha declarado públicamente que llevarán mariachis al cierre de su
función, porque dice que “así llegaron” y, suponemos, asume que no es de Dios
que se vayan por la puerta de atrás.
El episodio de marras parece anecdótico y
podría tomarse como una más de la serie de gracejadas en que se regocijan estos
diputados, como para que los ciudadanos se convenzan de que todo lo que se haga
para llamarlos a la cordura, responsabilidad y compromiso con la sociedad
estará condenado al fracaso; sin embargo, es también la ocasión de insistir en
la importancia de recuperar la dignidad y función del poder legislativo, en una
nueva etapa que se espera sea productiva y benéfica para los potosinos.
En estos días, previos a la asunción del
poder por parte del doctor Juan Manuel Carreras en el ejecutivo estatal y de
los legisladores electos de distintos partidos en el congreso local, se han
publicitado encuentros sostenidos entre las fracciones partidistas y el próximo
gobernador. Suponemos que se trata de una muestra de la disposición que tendrán
para “llevar la fiesta en paz”, así como tender los necesarios puentes de
diálogo entre poderes para beneficio del pueblo potosino.
Es deseable que allí quede claro que el
diálogo entre poderes no significa sumisión de uno al otro, sobre todo del
legislativo al ejecutivo, ya que, desgraciadamente, esa ha sido la constante y
nos ha llevado a situaciones lamentables en materia democrática en general y,
de diversos aspectos que tienen que ver con la confección de leyes por consigna
o al vapor, así como de una “conveniente” fiscalización que favorezca ciertos
intereses políticos y/o empresariales, todo ello en detrimento de la dignidad
de ambos poderes porque “tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra
la pata”.
Ojalá que los diputados que llegarán a la
siguiente legislatura no pierdan de vista que su compromiso es con los
ciudadanos y no con facciones que busquen utilizarlos como vehículo de negocios
privados o inconfesables, así como que tengan muy preciso que el poder que
ostentan deriva de un mandato popular y no tiene por qué asumirse como
delegación de atribuciones para hacer lo que se les antoje u ocurra; en todo
caso, deberán tener presente el espíritu democrático que implica que los
preceptos por ellos formulados también los incluyen, nada de que son sujetos de
excepción.
La soberanía popular que descansa, por
mandato ciudadano, en ese cuerpo colegiado que conocemos como poder
legislativo, debe ser cada vez más un procedimiento cotidiano de toma de
decisiones que incida, acertadamente, en el espacio normativo de lo público
(Habermas, dixit), para que su legitimación sea permanente y no sólo en cada
época electoral; esto incluye, por supuesto, la capacidad de formular juicios y
preceptos que, discursivamente, no sólo sean lógicos jurídicamente, sino
sensatos y hasta mínimamente comprensibles.
Esto último tiene que ver, obviamente, con
la necesidad de atemperar el verbalismo desquiciado en el que suelen caer
nuestros representantes populares que, para desviar la atención de la
responsabilidad política que les toca o para tratar de justificar que hacen
algo, se las gastan para espetar toda clase de sandeces que, ni siquiera, se
agradecen como muestra de humor involuntario. Seriedad, pues, señores diputados
y ojalá y estén al nivel de una ciudadanía que reclama calidad en los hechos y
en los dichos, como esos que han dado fama al diputado “Chógono”. El desparpajo,
que se lo dejen al ciudadano, pues al rato hasta ese sacrosanto derecho le van
a confiscar en despoblado. Así que: ¿quién pidió mariachis?