Se dice que “justicia que no es dictada de manera
pronta y expedita” no es justicia y esto aplica para todo tipo de procuración e
impartición de ese valioso arte de “dar a cada quien lo suyo”, según la clásica
definición de Ulpiano. Bueno, pues ahora resulta que la mesa encargada de
impartir justicia electoral en México, el Tribunal Electoral del Poder Judicial
de la Federación, mejor conocido como “Trife”, después de un largo año y ocho
meses resolvió que las denuncias formuladas por partidos de oposición al PRI
por el uso de monederos electrónicos para comprar votos, los denominados casos
Monex y Soriana, no tuvieron sustento y, con ello, se sienta un ominoso
precedente de impunidad que, por supuesto, abre la puerta para que se repita
ese novedoso clientelismo electoral en próximos procesos electorales.
No hay por
qué sorprenderse de este fallo del Trife, toda vez que después de la elección
del 2012, el magistrado presidente de dicha mesa, Alejandro Luna Ramos,
deslizara la célebre frase: “lo que no se ganó en las urnas no se puede ganar
en la mesa”, prejuzgando sobre la calidad de los promotores de dicha
inconformidad y enrareciendo el ambiente político, incluso con el riesgo de
contribuir a una polarización social tan grave como la que ocurrió antes con la
elección de 2006, cuando esa misma mesa del Trife incurrió en otra
desafortunada postura pública al declarar que las elecciones presidenciales de
ese año “fueron sucias, pero son válidas”. Como puede verse, se trata de un
fallo que, bien podría argumentarse, estaría apuntalado en antecedentes graves
que orientaron la decisión última de los magistrados, auspiciando la crisis de
credibilidad actual de las instituciones electorales.
La
sentencia del Trife contribuye, sin duda, a mantener la desconfianza en las instituciones
del Estado que se consideran, por “mandato de ley”, como “autónomas”, pero que
en los hechos parecieran naufragar ante el embate de actores políticos diversos
y hasta de poderes fácticos. Se fortalece la sensación de que nos encontramos
inmersos en una regresión al viejo autoritarismo que se creía superado, pero
que ha encontrado nuevos cauces de expresión para el control del poder
político. El problema, entonces, ya no es tanto la incapacidad de aceptar la
derrota en las urnas, como sugieren en descargo de sus cuitas algunos
personeros del poder, sino la “forma” en la que se “ganan” las elecciones. Esa
fórmula puede que aplique en democracias avanzadas, pero no en el caso nuestro
porque nuestra democracia sigue plagada de recovecos legaloides y de intereses
facciosos que socavan gravemente la legitimidad de sus resultados.
Así las
cosas, lo que se avizora como un grave riesgo para la endeble democracia
mexicana es la extensión del comportamiento cínico y delictivo en materia
político-electoral, toda vez que prevalece un ambiente de impunidad por parte
de los actores políticos y se propicia que pueda darse “tormento a la ley”,
estirarla tanto como sea posible, cuidando que no se reviente el hilo por lo
más delgado; algo así como infringir “poquito” la legalidad, al punto que no
sea considerado como un acto “determinante” para alterar el curso de las cosas,
como también se pronunció así el Trife en el 2006, cuando ante la intromisión
grosera y confesa del entonces presidente Vicente Fox para ponerle todas las
piedrotas posibles a la campaña de Andrés Manuel López Obrador, esa mesa del
tribunal resolvió que, en efecto, el presidente violentó la legalidad, pero que
no se trató de una ilegalidad “determinante” para influir en el resultado final
de los comicios… a pesar de que, oficialmente, la diferencia de votos con
Felipe Calderón fue de apenas el 0.57 por ciento. La pregunta, pues, allí
seguirá: ¿qué, cómo y hasta qué punto puede ser “determinante” el uso faccioso
del poder para favorecer una causa política, en detrimento de las demás?