Tal parece que ese comportamiento es el signo de los
tiempos… electorales. “Aguantar vara”, frase coloquial equiparable a la no
menos clásica de “tragar sapos, no hacer gestos y pedir otro plato”, como
esencia del “arte de la política” en el medio mexicano, harto influenciado por
toda esa cultura de la “disciplina” que se considera como condición “sine qua
non” para seguir dando vueltas en la peculiar rueda de la fortuna que asegura
la subsistencia política. No sólo se trataría de un tipo de conducta muy propio
de la clase política priísta, sino de un auténtico recetario para conducirse
con éxito en el re-juego del poder “a la mexicana”, sea cual fuere el color de
la camiseta. Allí está el ejemplo del connotado panista José Isabel Trejo,
conminando a la ex-primera dama, Margarita Zavala, a que “aguante vara”, luego
de que el CEN del PAN resolviera negar la candidatura a diputada federal
plurinominal a la consorte del ex-presidente Felipe Calderón. La frase de
marras, entonces, retrata bien el estado que guardan las definiciones político
partidarias en estos días. En el caso de la sucesión gubernamental potosina, ya
se avizora en el PRI que quienes no sean agraciados con la designación
presidencial, tendrán que “aguantar vara”, so pena de que “todo el poder del
Estado” pudiera rascarle las tripas al gato.
Sin
embargo, no todo parece tan sencillo. En el caso del PAN, la reacción de la señora Zavala fue de fiera crítica a la
dirigencia nacional de su partido, advirtiendo que ese tipo de actuar del señor
Madero (el otro) y compañía, podría llevarlos a la peor debacle de que se tenga
memoria. Y vaya que la memoria suele ser corta en cierto panismo: con Fox y
Calderón “perdieron ganando” y, ahora que vuelven a la “brega de eternidad”
parecen no experimentar en cabeza propia. Los pleitos son recurrentes y la
misma señora Zavala se lanza al ruedo de la reconquista del partido antes de
tiempo. El caso es que ese desencuentro no fue óbice para que otro panista
connotado, en este caso potosino, el senador Octavio Pedroza, se soltara
también el verbo, denostando a la dirigencia de su partido por la “ambición
desmedida” de que, dice, hace gala, dejando fuera a liderazgos y personalidades
que, como él mismo, malquerencias aparte, indudablemente representan factores
de influencia en el PAN. Ya
encarrilados, otros panistas potosinos destacados se lanzan sobre la misma
presa y se quejan también de que toda la canasta es para los cuates de los
dirigentes. En fin, por cuestionamientos a esa práctica de “agandallar” las
mejores candidaturas no paran mientes dentro del panismo y, de seguir así, se ve medio difícil que sane la herida antes
del 7 de junio.
Volviendo a
eso de “aguantar vara”, ¿será que se trata de un tipo de comportamiento muy
específico de nuestra clase política en la actual circunstancia electoral
mexicana? Todo apunta para que así sea. Los partidos han refrendado la
pervivencia de la “ley de hierro de la oligarquía” que hiciera célebre Robert
Michels y, ante un panorama de férreo control de las decisiones partidarias por
parte de una minoría, tal parece que no queda otro remedio que aceptar (aguantar
vara) las “reglas del juego” no escritas e impuestas por esa minoría, a menos
que se decida presionar para cambiar a esa minoría y no precisamente las
“reglas del juego” impuestas. En otras palabras, no importaría tanto el método
que se siga para dar y repartir las fichas del juego, sino resolver quién
detenta el control del juego en un momento determinado. En esa lógica peculiar
es posible entender que la señora Zavala pretenda dirigir al panismo nacional,
luego de que no se le hiciera ganar la candidatura plurinominal para una
diputación federal. Pero en política no siempre lo que parece es y, nada más como
apunte, hay que recordar que Josefina Vázquez Mota quería alcanzar la
dirigencia nacional panista, luego de su fracasado intento por ganar la
Presidencia de la República y… es hora que no se le ve ni el polvo.
En su
“Pedro Páramo”, Juan Rulfo nos deja un pasaje inolvidable que ilustra, de
alguna manera, lo que venimos diciendo respecto del poder obediencial propio de
nuestra cultura política. Cuando un grupo de alzados llega a la hacienda y
exige al cacique que coopere con la revuelta, el señor de Comala los escucha y
observa, respondiendo que a la petición de cierta cantidad de dinero para
apoyar la causa mejorará la oferta, quedando los hombres entre destanteados y
sorprendidos, no teniendo más remedio que aguantar vara y proceder a retirarse
del lugar. El cacique pregunta entonces a su lugarteniente Damasio: “¿quién
crees que sea el jefe de éstos?”. Damasio pretende adivinar quién es el jefe del
grupo, pero don Pedro lo ataja sin más: “el jefe eres tú Damasio”. A Damasio no
le queda más remedio que aguantar vara e irse con los alzados, para eso es el
jefe… por voluntad del otro jefe, su patrón.