martes, 20 de enero de 2015

Aguantar vara


Tal parece que ese comportamiento es el signo de los tiempos… electorales. “Aguantar vara”, frase coloquial equiparable a la no menos clásica de “tragar sapos, no hacer gestos y pedir otro plato”, como esencia del “arte de la política” en el medio mexicano, harto influenciado por toda esa cultura de la “disciplina” que se considera como condición “sine qua non” para seguir dando vueltas en la peculiar rueda de la fortuna que asegura la subsistencia política. No sólo se trataría de un tipo de conducta muy propio de la clase política priísta, sino de un auténtico recetario para conducirse con éxito en el re-juego del poder “a la mexicana”, sea cual fuere el color de la camiseta. Allí está el ejemplo del connotado panista José Isabel Trejo, conminando a la ex-primera dama, Margarita Zavala, a que “aguante vara”, luego de que el CEN del PAN resolviera negar la candidatura a diputada federal plurinominal a la consorte del ex-presidente Felipe Calderón. La frase de marras, entonces, retrata bien el estado que guardan las definiciones político partidarias en estos días. En el caso de la sucesión gubernamental potosina, ya se avizora en el PRI que quienes no sean agraciados con la designación presidencial, tendrán que “aguantar vara”, so pena de que “todo el poder del Estado” pudiera rascarle las tripas al gato.


     Sin embargo, no todo parece tan sencillo. En el caso del PAN, la reacción  de la señora Zavala fue de fiera crítica a la dirigencia nacional de su partido, advirtiendo que ese tipo de actuar del señor Madero (el otro) y compañía, podría llevarlos a la peor debacle de que se tenga memoria. Y vaya que la memoria suele ser corta en cierto panismo: con Fox y Calderón “perdieron ganando” y, ahora que vuelven a la “brega de eternidad” parecen no experimentar en cabeza propia. Los pleitos son recurrentes y la misma señora Zavala se lanza al ruedo de la reconquista del partido antes de tiempo. El caso es que ese desencuentro no fue óbice para que otro panista connotado, en este caso potosino, el senador Octavio Pedroza, se soltara también el verbo, denostando a la dirigencia de su partido por la “ambición desmedida” de que, dice, hace gala, dejando fuera a liderazgos y personalidades que, como él mismo, malquerencias aparte, indudablemente representan factores de influencia en el PAN.  Ya encarrilados, otros panistas potosinos destacados se lanzan sobre la misma presa y se quejan también de que toda la canasta es para los cuates de los dirigentes. En fin, por cuestionamientos a esa práctica de “agandallar” las mejores candidaturas no paran mientes dentro del panismo y, de seguir así,  se ve medio difícil que sane la herida antes del 7 de junio.


     Volviendo a eso de “aguantar vara”, ¿será que se trata de un tipo de comportamiento muy específico de nuestra clase política en la actual circunstancia electoral mexicana? Todo apunta para que así sea. Los partidos han refrendado la pervivencia de la “ley de hierro de la oligarquía” que hiciera célebre Robert Michels y, ante un panorama de férreo control de las decisiones partidarias por parte de una minoría, tal parece que no queda otro remedio que aceptar (aguantar vara) las “reglas del juego” no escritas e impuestas por esa minoría, a menos que se decida presionar para cambiar a esa minoría y no precisamente las “reglas del juego” impuestas. En otras palabras, no importaría tanto el método que se siga para dar y repartir las fichas del juego, sino resolver quién detenta el control del juego en un momento determinado. En esa lógica peculiar es posible entender que la señora Zavala pretenda dirigir al panismo nacional, luego de que no se le hiciera ganar la candidatura plurinominal para una diputación federal. Pero en política no siempre lo que parece es y, nada más como apunte, hay que recordar que Josefina Vázquez Mota quería alcanzar la dirigencia nacional panista, luego de su fracasado intento por ganar la Presidencia de la República y… es hora que no se le ve ni el polvo.



     En su “Pedro Páramo”, Juan Rulfo nos deja un pasaje inolvidable que ilustra, de alguna manera, lo que venimos diciendo respecto del poder obediencial propio de nuestra cultura política. Cuando un grupo de alzados llega a la hacienda y exige al cacique que coopere con la revuelta, el señor de Comala los escucha y observa, respondiendo que a la petición de cierta cantidad de dinero para apoyar la causa mejorará la oferta, quedando los hombres entre destanteados y sorprendidos, no teniendo más remedio que aguantar vara y proceder a retirarse del lugar. El cacique pregunta entonces a su lugarteniente Damasio: “¿quién crees que sea el jefe de éstos?”. Damasio pretende adivinar quién es el jefe del grupo, pero don Pedro lo ataja sin más: “el jefe eres tú Damasio”. A Damasio no le queda más remedio que aguantar vara e irse con los alzados, para eso es el jefe… por voluntad del otro jefe, su patrón.

martes, 13 de enero de 2015

Dos crímenes


Jorge Ibargüengoitia escribió teatro, cuento y novela, en éste último género es dónde se le puede ubicar como uno de los autores más destacados por su estilo humorístico para contar historias dentro de la gran trama de la Historia nacional. Están los casos de “Los pasos de López” y “Los relámpagos de agosto”, que tienen como telón de fondo el movimiento de independencia de 1810 y la etapa obregonista de la revolución mexicana, respectivamente. En ambos casos, lo que resalta es el recurso satírico del autor para desacralizar a nuestros héroes de bronce, humanizarlos pues. A este gran escritor, don Julio Scherer buscó que uno de sus reporteros de “Proceso” le hiciera una entrevista con motivo de su abandono y hartazgo de la ciudad de México para radicar en el extranjero, allá por el año de 1978, según recuerda Armando Ponce, el reportero de cultura que recibiera esa encomienda y que tras haber sufrido desplantes y negativas del escritor acabó por mostrarse abatido con don Julio, indicándole que había fracasado en el intento y recibiendo del director de “Proceso” la frase que lograría confortarlo en la decepción de no haber podido entrevistar a su narrador favorito: “don Armando, que Ibargüengoitia vaya y chingue a su madre” (Revista “Proceso”, número 1993, 11 de enero de 2015).

Lo anterior viene a cuento, luego de que en estos días se han presentado acontecimientos ominosos para el desarrollo de la libertad de expresión, con la masacre de periodistas y caricaturistas del semanario satírico francés “Charlie Hebdo” y, por supuesto, con la sentida pérdida de un grande como don Julio Scherer. Lo que ha ocurrido en Francia pareciera un eco cercano de nuestra propia tragedia cotidiana, donde muchas voces críticas son silenciadas de manera violenta. La diferencia está en que la respuesta institucional a la crisis es de calidad y grado abismales. Allá las instituciones del Estado francés gozan de credibilidad entre los ciudadanos y, acá, ahora sí que “ni de chiste” se podría imaginar que el poder público represente con eficacia los intereses de la sociedad. Allá la solidaridad internacional se ha manifestado para con el pueblo y gobierno de Francia, mientras que en el caso mexicano, con la tragedia emblemática de los estudiantes de Ayotzinapa, lo que ha seguido es la condena cada vez más amplia y generalizada al gobierno. Dos crímenes de lesa humanidad que reclaman, entonces, la fortaleza de valores como la tolerancia, la democracia, la diversidad, el laicismo y otras libertades más que pongan en el centro la vida y dignidad de las personas.  


     En esta línea, es necesario precisar que hasta se puede ser “más papista que el Papa”, como cuando en uso de la libertad de expresión se abusa de ella y, por ejemplo, en México no faltan las voces que, pretendiendo hacer crítica, terminan por hacer el trabajo sucio de los grandes poderes fácticos; sólo hay que ubicarlos y ponerlos en contexto. Así, no faltan aquéllos que se duelen de que no se actúe de manera rápida y frontal contra los “anarquistas” que cuestionan el estado de cosas que prevalece en la vida pública mexicana, censurando los acuerdos que se pudieran desplegar entre las partes de un conflicto, precisamente por la carencia de un verdadero “Estado de Derecho”, llegando al extremo de escandalizarse por no poder aniquilar, mediante la violencia “legal”, a los que desafían una podrida institucionalidad. En Michoacán se ha dibujado, por ejemplo, el caso más dramático de la perversa actuación de los personeros del Estado, bajo esa línea “argumental”, cuando el comisionado Castillo llama a las “partes en conflicto” (que terminan siendo los varios grupos de autodefensa) a negociar los términos de… ¡su propia aniquilación!, no sólo como disolución de autodefensas, sino hasta de la propia existencia, sea alentando la confrontación que lleve a la muerte o al encarcelamiento de los dirigentes más “radicales”.



     En suma, el fantasma del terror que pretende coartar la libertad de expresión se despliega por todas partes y, en México, lamentablemente, es el pan de cada día en no pocos espacios de nuestra geografía. Lo que ha ocurrido en Francia y México debe mover a la reflexión sobre la urgencia de trascender el clima de odio e intolerancia que persisten en el ejercicio de esa libertad, incluso mediante el despliegue del humor irreverente que, sin caer en la mofa burda de la dignidad y el descrédito del otro, debe aceptarse como parte de nuestra diversidad para acometer la realidad, sobre todo si esa realidad es la que nos ha querido vender una versión mítica de la historia de y desde el poder. Ibargüengoitia decía: “nuestros héroes predilectos perdieron las guerras, los de segunda murieron a destiempo, los de tercera cometieron errores y fueron fusilados, y los grandes villanos murieron en su cama”. En su novela “Dos crímenes” se burla de sí mismo con desparpajo y, por lo pronto, me sirve para sintetizar los hechos terribles en Francia y México.

martes, 6 de enero de 2015

¿Por sus obras los conoceréis?

La sucesión gubernamental potosina está en marcha y la expectación social por conocer a los “ungidos” de los distintos partidos crece como la espuma. A falta de mayores luces que orienten el derrotero de las contiendas internas, lo que prevalece es la especulación del respetable. No queda más que asirse de los viejos dicterios que, aunque, arbitrarios, de repente sirven para desvelar lo que insiste en aparecer como oculto, “tapado”, para ser más precisos en la jerga de la grilla nacional. Uno de esos dicterios populares es aquel que reza: “por sus obras los conoceréis” y, mal que bien, puede ser indicio de lo que cada suspirante a una candidatura ofrece como sus canicas para jugar.


     En este contexto, tiene razón el alcalde capitalino Mario García cuando refiere que no debiera cuestionarse a su administración únicamente por el problema de los baches que hay por toda la ciudad, sino que también deberían considerarse otro tipo de logros alcanzados; sin embargo, para efectos prácticos, que es lo que importa para definir los alcances de una eventual candidatura a un cargo de elección popular, ese tipo de remilgos ya resultan irrelevantes. Aunque el signo de identidad de la actual administración es la persistencia de los baches -ciertamente herencia de pasadas administraciones a las que les valió un cacahuate arreglar, en serio, la deficiente infraestructura vial de nuestra ciudad capital-, en tiempos electorales la memoria social se acomoda luego “a lo que venga, lo que salga”.


     Con su propia declaración, Mario reconoce que, tal vez injustamente, ya se le ha etiquetado socialmente con ese lastre -y la verdad es que, también, la actual administración municipal ha dejado que la percepción ciudadana respecto de ese asunto se vuelva más negativa: eso de que le crezcan hasta sandías en la Alameda, es más que emblemático de lo que, en verdad, interesa jugar a don Mario-; pero seguramente está persuadido de que será otro de los aspirantes de su partido el que se encargue de resolver esas minucias, si es que logra retener una alcaldía capitalina que, desde ya, el PAN acaricia como el preciado coto de poder que nunca debió haber soltado.


     Pero, en todo caso, Mario parece tener buena estrella porque los baches han pasado a segundo término; lo que ahora cuenta es la carta de presentación que puede ofrecer en términos electoreros y que no es otra que su logro de remontar más de 20 puntos de diferencia a Zapata cuando era candidato del PAN a la alcaldía, y como en política si es posible tropezar dos veces con la misma piedra, pues ya puede darse el lujo de alardear que otra vez podría ganar, si es que Alejandro resulta el ungido por el PAN. Como puede verse, cuando se dice de la clase política que “por sus obras los conoceréis”, el sentido de ese dictum popular no necesariamente tiene que ver con lo que comúnmente se conoce como “obra pública”.


     Hay otros suspirantes que ni siquiera se pueden dar el lujo de presumir que han realizado “obras” que les permitan cacarear algo. Simplemente se ofrecen como “la obra en sí”, hasta como políticos “hechos a mano” y “a la medida de las necesidades que demanda la gente”. Podríamos pasar revista a la trayectoria y “propuesta” de algunos de esos aspirantes que andan, igualmente, acelerados en busca de la bendición de quienes se asumen, a su vez, como los “grandes electores”, léase las élites partidarias. Sin embargo, lo que interesa destacar es la paradójica circunstancia que envuelve a quienes se menciona como los personajes que podrían ser nominados como candidatos de sus partidos a cargos de elección popular, advirtiendo que las “obras” por las que pudiera conocerse el alcance de su pretensión, no son las que vemos, sino las que imaginamos, la obra política pues.



     El caso de Mario se muestra como un claro ejemplo de que, en política, en efecto, sobre todo electorera, lo que interesa no es de dónde vienes, sino como y a dónde vas. Pero igual ocurre con los demás que se mencionan, sobre todo en un PRI que, ahora, presume tener harta tela de dónde cortar, así sea que se trate, como se dice por allí, de personajes cortados por la misma tijera de un sistema que no permite que alguien se salga antes del huacal. Allí está, nomás como anécdota ya, el desliz que costó al “Calolo” Fernando Pérez que el “gober” Toranzo lo defenestrara, cuando el  médico aún podía presumir de ser el primer priísta de la entidad; el “Calolo” siguió picando piedra y allí está, también, perfilado en la recta final. La conclusión, preliminar, como todas las conclusiones en la política nuestra, es que no hay nada escrito porque las “reglas” son maleables de acuerdo a las circunstancias de modo, tiempo, lugar y hasta de carácter personal que rodean a los involucrados en una definición como la que está por darse a conocer, en unos días más, al interior del PRI. La suerte está echada.