miércoles, 27 de mayo de 2015

¿Podemos en México?

En los estudios de política comparada, referidos a la realidad mexicana, se ha vuelto costumbre tomar como ejemplar lo que ha ocurrido en España. Recuérdese el emblemático “Pacto de la Moncloa” como paso crucial de la transición a la democracia en ese país, después de la muerte del dictador Francisco Franco en 1976, y que durante mucho tiempo se tuvo como una suerte de faro que alumbraría el camino de nuestra propia transición de régimen político.


     En efecto, en 1977 se inició un largo proceso de apertura del régimen de partido hegemónico que descansaba en el poder abrumador del PRI, en buena medida también por nuestra propia circunstancia de crisis de legitimación extrema que se había alcanzado con la elección presidencial de un año antes, cuando el PAN resolvió no presentar candidato, dejando vía libre a José López Portillo.


     El inicio de ese proceso inicial de apertura se conoce como “liberalización”, toda vez que se trató de una apertura limitada con la famosa reforma política de Jesús Reyes Heroles, pero que ya no tuvo punto de retorno, siendo 20 años después cuando empezó a tomar forma de una transición con la inauguración de los denominados “gobiernos divididos”, donde el PRI ya no tendría mayoría absoluta en el Congreso Federal y, posteriormente, en el 2000 con la alternancia en la Presidencia de la República.


      Lo que siguió después ha sido para algunos una transición inconclusa, toda vez que no se ha llegado a un régimen democrático pleno porque aún persisten vicios y prácticas del viejo régimen autoritario.  Hoy mismo, el país atraviesa por una crisis política severa que se concentra en el sistema electoral y de partidos, donde se cuestiona severamente la autonomía de los organismos electorales y, sobre todo, la rapacidad y falta de compromiso con la ciudadanía de parte de los partidos políticos.


     El saldo de toda esta crisis es lamentable, traduciéndose en grave desencanto y desconfianza del ciudadano en sus instituciones de gobierno y representación política, al extremo de que nuevamente se dejan escuchar no pocas voces que llaman a no votar, cancelar o boicotear elecciones, sufragar en la modalidad de candidatos no registrados o incluso desplegando el denominado voto nulo, así sea que todo eso se lo pasen las autoridades por debajo del… arco del triunfo.


     Con todo esto, una vez más emerge la referencia del caso español, donde en las recientes elecciones municipalistas han surgido con fuerza opciones ciudadanas orientadas a la derecha y a la izquierda del espectro ideológico, destacando en éste último caso el fenómeno socio-político de la organización “Podemos”, surgida hace cuatro años con el movimiento de los “indignados” y que hoy se apresta a gobernar la capital española, dejando mal parados a las fuerzas políticas más importantes como el PSOE (Partido Socialista Obrero Español) y el PP (Partido Popular).


     La pregunta obligada surge en nuestro medio a partir de esa experiencia comparada. ¿Será posible que en México la indignación popular se traduzca en una fuerza política ciudadana como la de “Podemos” en España? Sin duda que eso es posible, a pesar de las circunstancias específicas que caracterizan y dificultan la emergencia y derrotero de movimientos socio-políticos parecidos. La legitimidad del sistema de partidos en México “hace agua” y bien vale la pena abrevar en el ejemplo del caso español para que, guardadas las proporciones, se siga insistiendo en la necesidad de construir formas de participación ciudadana que obliguen al sistema político en su conjunto a re-orientar sus medios y fines en favor de una democracia plena.
     

De entrada, es deseable que, con todos los vicios y defectos del sistema político-electoral, la ciudadanía acuda a votar de manera libre y responsable este próximo 7 de junio, impidiendo con su participación que los personeros de los partidos políticos -y de otros intereses fácticos- hagan de las suyas y manipulen la voluntad popular. Luego, tendrá que venir una nueva reforma política que acote los excesos que se han presentado en el curso del presente proceso electoral, tal vez no definitiva pero sí de avanzada para recuperar la confianza institucional extraviada.


miércoles, 20 de mayo de 2015

Crónicas (políticas) marcianas

Lo que faltaba. De por sí anda la crisis de credibilidad en las instituciones políticas a todo lo que da y sus personeros se dan el lujo de atizar el fuego, dicho sea esto como algo más que una simple metáfora. Ahora tocó el turno al consejero presidente del INE (Instituto Nacional Electoral), Lorenzo Córdova, mostrar la cara fea y deleznable de la vida pública mexicana. Un audio, que ya circula ampliamente en las redes sociales, lo exhibe mofándose de los representantes de una comunidad indígena por su modo de hablar, como si se tratara de seres de otro planeta, tal vez “marcianos”, aludiendo a la necesidad de hacer -citando el título de una obra del escritor Ray Bradbury, “Crónicas marcianas”, de 1950- una “crónica” de las vivencias que ha tenido con esos “extraños” sujetos (indígenas, padres de los normalistas desaparecidos en Iguala, entre otros), que lo mismo plantean boicotear las elecciones, que hasta mandar al diablo a todas las instituciones, porque tal parece que ni las que se tienen como “autónomas” pueden ser capaces de estar a la altura de las difíciles y delicadas circunstancias que vive el país.


     Decíamos que va más allá de la simple metáfora eso de que los personeros de las instituciones políticas le añadan gasolina al fuego porque, curiosamente, cuando el consejero presidente del INE refiere como urgente el hacer una crónica “marciana” de sus vivencias con representantes de comunidades indígenas y otros grupos sociales, para no acabar -dice don Lorenzo- “muy divertidos o con el psiquiatra”, parece más cercano a la irónica “distopía” que describe Ray Bradbury en su otra obra célebre “Fahrenheit 451”, donde el personaje central, Montag, es un bombero que se dedica a echarle leña a la hoguera en lugar de apagarla, suministrando como combustible todos los libros que se puedan encontrar, porque se trata de una sociedad en la que “leer libros impide la felicidad” y propicia la desigualdad, hasta que se convence de que está equivocado. Con independencia del alegato esgrimido por Córdova, en el sentido de que se vulneró su vida privada, queda claro que persiste la discriminación hasta en funcionarios “ciudadanos”, así como la nociva práctica del espionaje, desplegado como “normal”, por el Estado.



     Con todo y ese alegato, el consejero presidente del INE no ha procedido a disculparse públicamente y sienta un grave precedente en la conducción de una institución que, decíamos, de por sí ha estado naufragando en su credibilidad, desde que a la clase política gobernante se le ocurrió centralizar la organización de los procesos electorales declarando difunto a un IFE que, mal que bien, ahí la llevaba. Ojalá y que Córdova, como el bombero de Bradbury, rectifique el camino y se convenza de que no se puede echar más leña al fuego, so pena de que seamos los ciudadanos los que vayamos a terminar entre “locos y divertidos” con tantos desfiguros que hace la clase política (entre cuyas filas habría que incluir, ahora, a uno que otro funcionario electoral contagiado por ese vale-madrismo ejemplar). En fin, ya se ha vuelto lugar común que en el medio político nuestro se presenten las más descabelladas ocurrencias de los actores políticos, pero faltaba la cereza en el pastel y ha sido puesta por el árbitro. Y luego se duelen que la sociedad se muestre distante y desconfiada de sus autoridades e instituciones, que no responda al llamado de participar en las elecciones. Pues sí, ¿cómo así?  

miércoles, 13 de mayo de 2015

El debate que no fue

Decepcionante fue el primer debate de candidatos al gobierno de la entidad potosina. Ya es del dominio público que varios de los participantes ni siquiera saben leer y se muestran nerviosos. Pero esas son cuestiones de forma. Lo más lamentable tiene que ver con el contenido. Para empezar, llama la atención que se haya dejado de lado un eje temático elemental y que representa la principal preocupación, la más inmediata para la mayoría de la población, y es la que tiene que ver con la situación de la economía en general y de las familias en particular. Tal vez por eso, queremos pensar que de buena fe, es que algunos de los participantes medio metieron donde pudieron temas tan importantes como la crisis del campo, la depreciación salarial, la inversión para el desarrollo, la política de empleo, entre otros, o de plano, ni siquiera los tocaron. Ya ni hablar de que buscaran interpelarse entre sí, salvo algunos dardos lanzados por Eugenio Govea al “Calolo”, que fueron olímpicamente ignorados. De allí en fuera, se dejaron escuchar los lugares comunes que insisten en pergeñar los candidatos: que combatirán la corrupción, que optimizarán los recursos públicos, que transparentarán sus acciones, que garantizarán seguridad pública, que protegerán a los desvalidos, etcétera.


     Tan decepcionante fue este primer debate que hasta el arzobispo de la Iglesia católica potosina, Jesús Carlos Cabrero Romero, fue directo y cuestionó su mala calidad, poniéndole además el cascabel al gato: “esos ejercicios son así porque los potosinos lo permitimos”. En efecto, los ciudadanos permitimos que ese nivel de discurso y de debate sea el que prevalezca, porque no cuestionamos la sarta de lugares comunes que se empeñan en recetar los candidatos. De remate, como para poner las cosas en su lugar, el arzobispo Cabrero precisa que en ese ejercicio “nadie gana”, porque de lo que se trata es de “presentar propuestas” y no descalificaciones, bastante “chafas”, por lo demás. Habría que puntualizar que tampoco se trata de que en esos eventos no se digan sus cosas los candidatos, sería tanto como abstenerse de “ponerle sabor al caldo”, pero pactar una “civilidad” entre contendientes que, por debajo de la mesa, están más que puestos para hacer garras al adversario, no deja de ser un acto de buen ánimo, en el mejor de los casos, para un momento y lugar determinados. Tan es así que, de inmediato, sin el menor rubor, se utilizó el logo del organismo electoral para difundir un sondeo que, presuntamente, daba el gane del debate a uno de los candidatos. 


     ¿Qué sigue después de este primer debate que no fue lo que se esperaba? De entrada, cambiar el formato, como lo ha sugerido el candidato “Calolo”, dejando espacio para réplica y contra-réplica cuando se aluda directamente a uno de los participantes, sin necesidad de que tengan que verse forzados a caer en la diatriba. Tal vez, bajo esas nuevas reglas, a lo mejor sí se animan a contestar los dardos lanzados. De otra manera, ni modo de firmar un nuevo acuerdo… de “in-civilidad”, para empujarlos a que se defiendan de los señalamientos que les hacen y que, luego, no merecen más que el silencio, sin reparar en que ese silencio fomenta la suspicacia del elector, respecto de la veracidad de las acusaciones formuladas, independientemente de que pueda ser una estrategia válida para evitar que se le busquen más pies al gato. Incluso, si hasta se andan cayendo del atril a cada rato, podría pensarse en un formato en el que pudieran estar cómodamente sentados, relajados.



     En fin, el punto que interesa destacar está en la necesidad de vislumbrar la capacidad de reacción y respuesta adecuadas que puedan formular los candidatos en situaciones inesperadas (y no tanto porque, se supone, debieran prepararse para cuestionamientos difíciles como inevitables), puesto que ese mismo tipo de circunstancias suelen presentarse -y hasta magnificarse- en el ejercicio de un eventual mandato. Ojalá y que el siguiente debate sea la ocasión de reivindicarse y demostrar si es cierto que, dicen, “como roncan, duermen”.