No pudo ser más contundente
el reclamo que hicieron las madres de “las muertas de Tamuín” al gobernador
potosino Fernando Toranzo. En efecto, ¿a quién se le ocurre, en medio del
dolor, la impotencia y la injusticia que rodean esos y otros casos de muertes
violentas, hacer un reconocimiento gubernamental a una autoridad que, en el
mejor de los casos, no hace sino cumplir con su deber? Se dice que fue una
ocurrencia del presidente municipal Santiago Ledezma, personaje que se la ha
pasado lamentándose que le dejaron vacías las arcas del ayuntamiento
tamuinense, como al célebre alcalde Juan Vargas de la película “La Ley de
Herodes”, por lo que, pareciera, siguiendo el guión de actuación del licenciado
Vargas, buscaba congraciarse, como fuera, con autoridades superiores para ver
si, por fin, le resuelven lo de un préstamo emergente que ha venido
solicitando.
Pero no paró allí el asunto,
una vez llevado al baile el gobernador, y puesto en tan grave predicamento, no
atinó más que a devolver el reclamo a lo que consideró una ofensa a su
investidura. “¿y ustedes como padres dónde estaban?”. Difícil responder una
pregunta cómo ésta última, sobre todo cuando la mayor parte de los padres ya no
saben ni cómo arreglárselas para proveer a cubrir las necesidades más
apremiantes de sus familias, para brindarles una tranquilidad que, en buena
medida, les ha escamoteado un Estado “fallido” que no ha cumplido con la
responsabilidad de garantizar la paz pública, en suma, porque ni siquiera
atinan a saber, justificadamente, en qué tipo de sociedad están parados, porque
se trata de un mundo vuelto al revés, en el que la impunidad, el saqueo del
erario, la omisión de la responsabilidad en el ejercicio del poder, entre otras
cuestiones que deberían apreciarse como vicios privados, terminan siendo
tenidas como virtudes públicas.
¿Y los personeros del
Estado, en cualquiera de sus niveles de competencia, sabrán siquiera en dónde
están parados? Tal parece que no porque la soberbia y la incapacidad de ver más
allá de sus narices los tienen cegados a una realidad que, tal vez, presumen
que no les incomoda porque tienen todo el poder público a su servicio. Eso
explica que se les haya hecho fácil organizar un acto como el señalado en
principio, justo en medio del drama que viven las familias de las mujeres
asesinadas en Tamuín, y precisamente en el municipio de marras; sin embargo, no
puede justificarse el despropósito porque la sociedad mexicana, en general, no
experimenta aún la sensación de seguridad plena que el gobierno pretende
vendernos como la mejor de sus acciones, concediendo, incluso, que las cosas no
están peor que antes, pero esto sólo puede matizarlo cada quien desde su muy
particular experiencia.
Pero bueno, el asunto es que
el reclamo de las madres agraviadas de Tamuín tiene un alcance mayor, ya que
describe bien el momento de la relación que guarda el Estado con la sociedad
mexicana en general: uno, festinando hasta la entrega del patrimonio nacional
y, la otra, desilusionada de una clase política que, en el colmo del cinismo,
todavía pregunta por qué no le hacen la tarea que le corresponde; como si
procurar justicia, aplicar la ley, distribuir mejor el ingreso, ofertar calidad
educativa, cuidar la integridad de las personas, etcétera, fuesen tenidas más
como obligaciones y no como derechos que se han conquistado en una larga marcha
que, desgraciadamente, no parece tener punto de llegada en el corto plazo. Si
hay algo qué festejar de parte de nuestras autoridades, por algún logro que
consideren relevante en su administración, se vale cacarear el huevo, pero lo
que no se vale, social y metafóricamente hablando, es pensar que las gallinas
de abajo pueden manchar a las de arriba.
En fin, ante la magnitud del
riegue, aún hay quienes se apresuran a justificar al poderoso en el incidente
consignado: que dizque “comprenden” el dolor de las madres agraviadas, pero que
es injusto culpar al gobernador, sobre todo si ya hasta detenido está el
presunto autor material de tan lamentables hechos de sangre; nadie dice lo
contrario, simplemente sucede que hay personas que se preguntan, con la
legítima indignación que les provoca la irreparable muerte de sus seres
queridos: ¿qué es lo que festejan? Si están viendo que no está el horno para
bollos, ¿para qué le atizan al fuego? Todavía más, no falta quien salga a
plantear que este tipo de reclamos sociales son parte de una “estrategia para
politizar todo lo que se pueda”, puesto que ya estamos en camino de las
elecciones; puede ser, pero de todos modos, el fin no justifica los medios de
que se valen los personeros del Estado para que hagan “como que la Virgen les
habla”, o para que manden al diablo a las instituciones (que se nieguen a sí
mismos). En todo caso, parafraseando a Gramsci, junto a un peculiar “pesimismo
de la razón”, queda el “optimismo de la voluntad”.