miércoles, 29 de julio de 2015

Peña y el populismo

¿Qué es un gobierno populista? Generalmente, se admite que el populismo es un estilo peculiar de ejercicio del poder público, basado en la exaltación de las necesidades de la gente y en el correspondiente compromiso de resolverlas como por arte de magia, con la sola manifestación de voluntad del gobernante de que así será, sin reparar en mayores costos sociales y económicos que puedan derivarse de ese tipo de concesiones. Evidentemente, lo que importa es el beneficio político que reporta un gesto de tal naturaleza del gobernante y, por eso, ciertamente hay que precaverse de ese tipo de regímenes políticos porque terminan socavando la legitimidad de la democracia, al pretender descansar la provisión del bienestar social en las emociones de una persona (dilapidando con gozo lo que no es propio) y no en la inteligencia colectiva.


     Como reza el viejo dicho: “al nopal solo se le visita cuando tiene tunas”, y así ocurre también con la reciente condena política que hace el presidente Peña Nieto del presunto populismo que “pone en riesgo la estabilidad de las naciones democráticas en el mundo”. Dicha advertencia tuvo lugar en la denominada “Reunión Nacional de Unidad por la Transformación”, realizada con militantes de pipa y guante del PRI, el partido del presidente, dizque para celebrar los triunfos electorales alcanzados en la pasada jornada comicial del 7 de junio, donde ciertamente ese partido fue el “ganón”.


     El asunto es que: antes de dichos comicios, el gobierno federal peñista también hizo su tarea populista, ofreciendo que la situación crítica que padece la mayoría de la población, en términos de pobreza, bajos salarios, carencia de empleo y un largo etcétera de necesidades no satisfechas, ahora sí sería resuelta por obra y gracia de las mentadas “reformas estructurales”. Es decir, que al nopal populista habría que acudir, antes, por necesidad electoralista, ya luego se vería.


     En efecto, así ha ocurrido luego de tres años de gobierno peñista. Las “reformas estructurales” no terminan de aterrizar en el beneficio inmediato y generalizado de la gente y, por el contrario, sabido como experimentado está, la situación económica no mejora porque el país no crece como debiera y, a toro pasado, el propio Peña Nieto reconoce que “sin dinamismo de la economía nacional” no se puede avanzar en el combate de los terribles flagelos que agravian a la sociedad mexicana, señaladamente el de la pobreza.


     Sin embargo, como se ha venido insistiendo cada que se abordan estos temas, ese tipo de argumentaciones que utiliza el gobierno para pretender distinguirse como “no populista”, como que habla con “la verdad”, sin pretender engañar al respetable, caen más temprano que tarde por su propio peso. Toda la culpa de nuestra persistente desgracia socio-económica se pretende aislarla de las responsabilidades políticas y así, resulta que la corrupción, la impunidad, la arbitrariedad, el despojo, la venalidad y demás lacras que se resisten a desaparecer de las prácticas gubernamentales, no tienen nada que ver con esa persistente condición de parias y jodidos que pretende “naturalizar” el gobierno actual (y los anteriores, por lo demás). El “arte de mentir, incluso con la verdad”, pues.



     En fin, como ya pasaron las elecciones y viene de nuevo la ofensiva gubernamental para concretar el ciclo de las “reformas estructurales”, ahora sí se condena ese populismo al que antes se recurrió para dorarnos la píldora y asegurarnos que ya seríamos felices. Lo que se avizora es más medicina amarga para dizque sanear al enfermo, así sea que se le lleve entre las patas en el intento. Bajita la mano, se nos lleva por el camino de los griegos, pero no en términos de la exaltación de la democracia que tanto nos hace falta, sino de una crisis que ahonda nuestra difícil circunstancia como sociedad mexicana que se pretende “soberana” y, sobre todo, urgida de una justicia social y económica que, en verdad, no sea mero discurso “patriotero” (la “unidad nacional”), “populista”, o de simple alarde triunfalista de un partido que vuelve por sus fueros.

miércoles, 15 de julio de 2015

Estado en ridículo

Estamos acostumbrados a escuchar -y padecer- que el Estado mexicano es  constantemente incapaz de proveer al bienestar de su población. Se alega con  frecuencia que la confrontación política impide que se acumulen esfuerzos  para “modernizar” a México y que, por eso, se retrasa el desarrollo nacional,  por la lucha de facciones de todo tipo: partidistas, religiosas, sindicales,  empresariales, comunitarias y otras más que impiden concentrar la fuerza  estatal en “lo esencial”, en hacer felices a los más mexicanos que se pueda.


Pero no se puede. Nuestro Estado tiene que estar perdiendo el tiempo, se dice,  en estar arbitrando conflictos interminables. Con ese pretexto, los personeros  del Estado mexicano se conforman con tan solo administrar -y mal- la “cosa  pública”. Gobernar en el sentido pleno del término es una quimera.


 Pero de allí a que el ejercicio del poder público se convierta en hazmerreír  de propios y extraños es otra cosa. Si no es posible cumplir al cien con tantos  problemas que afectan a la población, por lo menos se agradecería que hubiera  disposición, transparencia, honestidad y compromiso de atender de la mejor  manera los reclamos de la sociedad, sin caer, por supuesto, en triunfalismos, demagogias y, mucho menos, tentaciones de reprimir con la fuerza las  crecientes inconformidades. Eso sería una muestra de “autoridad”, también en  el sentido pleno de la palabra.


Pero cuando todo eso se pierde o pervierte, se  vuelve imposible apelar a que se muestre un esbozo de mínima respetabilidad  en las instituciones del Estado. De allí a plantearse “mandarlas al diablo”,  como dijera un clásico, siempre falta poco.


     En todo este contexto, la segunda fuga del Chapo Guzmán de un penal de  alta seguridad deviene en la expresión más clara de esa pérdida de autoridad y  respetabilidad que debiera encarnar el Estado mexicano. Por el contrario, el  hecho se presenta como el colmo de una realidad mexicana que ya no puede ser más tragicómica, como cumpliendo a pie juntillas el “dictum” aquel de que  “la historia siempre se repite dos veces, una como tragedia, la otra como  farsa”. La verdad es que ya no se sabe qué pensar de este hecho en el que lo  único cierto es el ridículo de las instituciones del Estado mexicano, en este  caso de las penitenciarías que, ya se sabe, padecen de una feroz corrupción.  Que el gabinete de seguridad diga que “sólo podía evadirse el Chapo con la  complicidad del personal carcelario”, es tanto como ya ni la burla perdonar.   



     El periodista Jesús Lemus narra en su libro “Los malditos. Crónicas desde  Puente Grande” (Colección “México Impune” de “Proceso”, número 2), cómo  varios internos de ese penal de alta seguridad ubicado en el estado de Jalisco,  describen la vida del Chapo mientras estuvo recluido en ese penal antes de que  escapara por primera vez, incluso desconociendo la famosa tesis del “carrito  de lavandería”. La conclusión de los diversos testimonios que recogió el  periodista es más que clara: el Chapo “era la mera autoridad en esa cárcel”.



Ahora, el mismo periodista desconfía de la versión gubernamental que refiere  la evasión por medio de un túnel que nadie pudo sospechar que se estuviera  construyendo, así como el recorrido en una motocicleta adaptada para llegar  hasta la bodega situada fuera del penal, porque se trata de ocultar algo más  elemental: el reo pudo salir por la puerta principal como si nada, porque en el México de la corrupción y la impunidad eso es perfectamente posible.



     En fin, para completar el cuadro, todo esto sucede cuando el presidente  Peña se va otra vez de viaje al extranjero con un amplio séquito de “gorrones”  y el país, de por sí a la deriva, se advierte como vació de autoridad más que  nunca. Como todo a estas alturas tiene necesarias implicancias de tipo  político, ya se busca al chivito que pague los platos rotos. Algunas voces  sugieren que sea el secretario de gobernación, Osorio Chong, para bajarlo del  caballo (de hacienda) en que iba corriendo para la sucesión presidencial. Sea o  no es una de las consecuencias políticas que arroje este nuevo episodio que  pone en ridículo al Estado mexicano, lo cierto es que se actualiza otra vez la  pregunta inevitable que surge a la confirmación de lo que el Estado en México  no es garante pleno de todos los derechos para todos los mexicanos, por  tanto… ¿tenemos Estado?

miércoles, 1 de julio de 2015

El PAN en el espejo

Un grupo muy representativo del panismo potosino, excluido de las decisiones tomadas por quienes han sido previa y expresamente identificados como el “Círculo Azul” (por parte del senador Octavio Pedroza y Alejandro Zapata), se han lanzado a la reconquista de los espacios perdidos. Un desplegado publicado en un medio de comunicación impreso y circulado ampliamente en las redes sociales, llama a la necesidad de que la militancia de ese partido analice los resultados político-electorales alcanzados en el reciente proceso comicial, donde ciertamente el PAN quedó maltrecho y, sobre todo, confrontado internamente. Esa crisis se presenta también en el plano nacional, con el examen crítico realizado por cuadros relevantes de ese partido, como el senador Javier Corral, quien advierte de una “demolición política y ética” del PAN y convoca a una “rebelión de las bases panistas” (Revista Proceso, 28 de junio de 2015).


     En verdad que hay un problema de unidad en el PAN y se puede apreciar hasta en las primeras reacciones a ese manifiesto por parte de algunos miembros del actual comité directivo estatal, como el vocero Alejandro Flores que no desmiente el contenido de lo planteado en el documento de marras sino las formas y las firmas, dudando hasta de que puedan ser todos los que suscriben… o suscriban todos los que sean, de tal suerte que solamente después de verificar eso se pronunciará, oficialmente, la directiva partidista (Periódico “Pulso”, 30 de junio de 2015). La realidad política imperante en el PAN potosino, se consigna en el desplegado, “es clara” y se manifiesta en cuestiones como “abandono de la educación doctrinaria”, “conformación de grupos internos concentrados en crear estructuras paralelas, mediante la afiliación indiscriminada y masiva”, así como “la compra de voluntades a cambio de prebendas”, entre otras acusaciones graves que demandan “un movimiento de rescate del partido para convertirlo en un instrumento al servicio de los mexicanos”.


     Evidentemente, la urgencia y pertinencia de propiciar un debate que conduzca a la reorganización del PAN es más que necesaria por los magros resultados electorales alcanzados en la entidad potosina y otros estados del país, pero tiene que ver también con la renovación cercana de su actual dirigencia nacional, encabezada por Gustavo Madero y que se ha visto envuelta en una constante crítica por sus posturas colaboracionistas con el gobierno de Peña Nieto, al extremo de que ya se vislumbra un intento de imponer, como sea, al diputado federal Ricardo Anaya como garante de los intereses que mueven a conspicuos panistas como el propio Anaya, Madero y Rafael Moreno Valle, aspirantes a la candidatura del PAN para la Presidencia de la República en 2018. Por tanto, como gustan decir algunos panistas, “lo importante y lo urgente” van mezclados y tan es indispensable resolver lo uno como lo otro.


     En fin, habrá que ver cómo se procesan estos desencuentros en el PAN, pero es de reconocerse que se trata de un debate impostergable para un partido que representa a una parte importante del electorado y que busca reivindicar su referente como partido dotado de una mística de oposición leal, razonable y anclada en el respeto y la dignidad ciudadanas. Por lo pronto persisten las desconfianzas entre los grupos internos y ya se acusa que para la elección del 16 de agosto, cuando se cambie la dirigencia nacional, se empiezan a cargar los dados, como el hecho denunciado por Corral de que en la comisión organizadora del proceso interno, que preside Héctor Larios, tres de los siete integrantes manifestaron su apoyo a Ricardo Anaya, quien representa, según Corral, los intereses del grupo preponderante panista que identifica como “el consorcio”, preocupado más por orientar el camino rumbo a la elección de 2018 que por recuperar la convicción e ideología perdidas, hoy reducidas al simple lema del “¿a poco no?”.