martes, 28 de abril de 2015

Desconfianza y desencanto

Una encuesta reciente, encargada por el Instituto Nacional de Elecciones (INE), arroja datos preocupantes sobre las expectativas de un ejercicio democrático para el próximo 7 de junio. Resulta que “sólo 27 por ciento de la población confía en las elecciones” (Diario “Milenio”, 26 de abril de 2015). Las razones que se asocian a esta percepción tienen que ver, según el propio estudio, con la imagen de corrupción y falta de transparencia que se viene arrastrando del anterior organismo electoral (IFE), además de que la mitad de la población desconoce que con la reforma electoral se transformó en INE. También se advierte que el fantasma de la violencia influye en ese nivel de desconfianza y se teme que pueda desbordarse el día de la jornada comicial.


     Pero no sólo se trata de la desconfianza ciudadana en casi todas las instituciones del Estado mexicano, incluidos los organismos presuntamente autónomos; también habría que considerar como parte de la crisis general de nuestra democracia representativa que los actores políticos no gocen de credibilidad, señaladamente partidos políticos y no pocos personajes impresentables que salen a competir bajo sus siglas en la arena electoral. A pesar de eso, como lo ha señalado Soledad Loaeza (La Jornada, 23 de abril de 2015) cabría preguntarse por qué las mayorías siguen votando por partidos y candidatos que, ya en el cargo, no cumplen con las expectativas generadas y hasta compromisos asumidos. ¿Mayorías que se equivocan o candidatos que simulan? Pareciera que esa es la cuestión.


     En realidad habría que reconocer que éste último dilema no lo es tanto; se trata de dos caras de una misma moneda; esto es, que tanto la simulación en que incurren los candidatos, que “hacen hasta lo que no” y ofrecen hasta “las perlas de la Virgen” para tratar de convencer, así como la esperanza que tienen los electores de que ahora sí se pueda cumplir con lo que antes no se pudo o no se quiso, llevan a que luego tengamos sujetos que son frecuentemente reciclados en los cargos públicos, como chapulines, pues. A tal grado de abuso en la buena fe del elector se ha llegado que, incluso, hay por ahí algún candidato que se da el lujo de ofrecer, a sus eventuales electores, que “ahora sí, no les va a volver a fallar”, hágame Usted el “refabrón cavor”.


     Ese cinismo que también suelen desplegar no pocos candidatos, tiene su correlato en la impunidad (ocupamos el segundo lugar en la medición del “índice global de impunidad”) con la que pueden tomar decisiones en perjuicio de la población desde los cargos que ocupan, apostándole a que la desmemoria y la desinformación de mucha gente se imponga para que la emisión del voto sea más emocional que razonable. Por eso mismo, sugiere Loaeza, es fundamental que la gente se informe de los antecedentes de los candidatos para que el voto sea ponderado y, si es el caso de un sujeto que ya la regó antes y aspira… a regarla de nuevo (así sea que diga lo contrario), pues simplemente “mandarlo a chiflar a otra parte”, retirándole la confianza.



     A propósito de ese índice global de impunidad, medido por instituciones académicas y consejos ciudadanos respetables y apoyados por la ONU y el INEGI, resulta por demás gráfico que contemple, como para completar el cuadro general de impunidad de la clase política gobernante, por una parte, y de desconfianza y desencanto ciudadanos por la otra, que en México tengamos más policías que jueces, en una des-proporción abrumadora que indica, además, que eso de “dar a cada quien lo suyo” está lejos de alcanzarse en nuestro país. Así las cosas, no queda más que fijarse bien en los perfiles y trayectorias de los candidatos para decidir, de manera responsable, por quién votar, toda vez que, visto está, al sistema político mexicano poco le interesa contrarrestar esos flagelos antes mencionados porque sería tanto como pegarse un balazo en el pie.  

martes, 21 de abril de 2015

Galeano: historiar el subdesarrollo


Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo, cronista de los “sin voz”, de los “condenados de la tierra” (como escribiera el también enorme Frantz Fanon), ya no está, físicamente, con nosotros; empero, su obra queda, como trazo inacabable de una realidad nuestra que se resiste a dar paso a un mundo distinto, más digno y feliz para sus habitantes, por eso mismo dibujado como utopía siempre presente de las luchas y resistencias de los más frente a los menos. Historiar el subdesarrollo de nuestros países latinoamericanos, como un cronista de los pueblos sujetos a la barbarie y al despojo de los personeros del gran capital, queda condensado en ese gran libro que constituye uno de sus ensayos más indispensables para comprender la ruta de nuestro siempre postergado progreso: “Las venas abiertas de América Latina”, publicado en 1971, en los albores de una crisis estructural de la tasa de ganancia del capital internacional que, hasta el día de hoy, no parece  tener para cuando parar.


     Se puede estar o no de acuerdo con las premisas de su análisis, acerca de la suerte de “destino manifiesto” que nos ha tocado desempeñar como economías dependientes de los vaivenes del capital trasnacional en los países conocidos como “desarrollados”, asumiendo que “somos subdesarrollados porque somos dependientes”, muy en la línea de lo que tradicionalmente se ha conocido como las teorías o escuelas de “la dependencia”, encabezadas por el no menos famoso teórico brasileño Theotonio Dos Santos. Teorías de la dependencia que han sido cuestionadas por otros enfoques que parten de la premisa que establece, al contrario, que “somos dependientes porque somos subdesarrollados”, abriendo una vía a la superación posible de tal condición de postración, partiendo de la necesidad de reorientar nuestras economías en función de las necesidades del mercado interno, de la reproducción de la vida y no del capital, pugnando porque no sea el crecimiento “hacia fuera”, mejor conocido como “neoliberal”, la panacea en la que descanse el esfuerzo institucional.  


     Pero, de todos modos, el oficio peculiar que hace el maestro Galeano, de historiar desde abajo y desde el interés supremo de la colectividad, todo ese proceso de despojo y depredación de nuestra riqueza material, de la naturaleza y de la humanidad, llevado a cabo por los personeros del gran capital comercial, primero, y por el capital industrial después, se presenta como un gran mosaico descriptivo de la realidad terrible imperante desde antes y desde siempre en la vida de nuestras sociedades en América Latina, quedando a juicio del interesado lector sacar las prescripciones morales de tan aberrante comportamiento de las políticas imperialistas de esos países denominados “desarrollados”, que navegan con la falsa bandera del progreso “para todos”. Políticas como esa que reza: “no hay mejor indio que el indio muerto”, o la descripción que hace Galeano de los indios “pongos” en Bolivia, los empleados en el servicio doméstico y que todavía, en la primera mitad del siglo XX, sus “dueños” ofrecían en alquiler en los diarios de la ciudad de La Paz y, además, eran humillados al considerarlos como simples bestias de carga, todo ello hasta la revolución de 1952 que les devolvió la dignidad. Hoy día, esa nación es gobernada por el indígena Evo Morales, mostrando que el camino liberador es posible de alcanzar puntos de conquista insospechados, porque “no se puede querer el fin sin querer los medios… y quienes niegan la liberación de América Latina reniegan de nuestro único renacimiento posible”.


     Este libro emblemático del maestro Galeano “quiere ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar cómo funcionan los mecanismos actuales del despojo, (por eso) aparecen los conquistadores en las carabelas y cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán Cortés y los infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones del Fondo Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y las ganancias de la General Motors (…) También los héroes derrotados y las revoluciones de nuestros días, las infamias y las esperanzas muertas y resurrectas, los sacrificios fecundos”.   


     Más de cuarenta años después, ese objetivo se ha cumplido enormemente y la palabra del maestro sigue como referente indispensable para comprender la realidad de nuestro espacio y nuestro tiempo.
    
       


miércoles, 8 de abril de 2015

Elefante blanco

Puede ser que hasta el momento las campañas político-electorales a la gubernatura potosina no hayan estado plagadas de muchas propuestas ambiciosas, como para generar un gran cambio en el modo en que se ha venido administrando la “cosa pública”. Lo que prevalece son generalidades, abstracciones y lugares comunes que nadie en su sano juicio podría desechar, tales como el combate a la corrupción, la práctica de la austeridad, la mayor transparencia en el ejercicio del gasto, etcétera; sin embargo, empieza a surgir una que otra ocurrencia que no deja de llamar la atención por las implicancias que tendría para, por lo menos, contener el malestar social acumulado por causa de, entre otras cuestiones graves, acciones frívolas en las que luego se regodean los gobernantes.


     Una de esas ocurrencias que pueden ser bienvenidas, en el catálogo de ofertas políticas concretas, es la de proceder a cerrar la “casa de gobierno”, residencia o morada temporal de quien ostenta el cargo de primer mandatario de la entidad potosina, toda vez que, aparte del dispendio que representa su mantenimiento, no deja de ser un privilegio del que no se tiene mayor beneficio para el resto de la sociedad. A mayor abundamiento para justificar el cierre de esa casa, el candidato a gobernador por el partido “Movimiento Ciudadano”, Eugenio Govea, documenta que serían cerca de 30 millones de pesos anuales de ahorro que, lógicamente, podrían tener un destino más apreciado por la población y no la ofensa social que se desprende del lujo de esa mansión.


     Para terminar de cuadrar ese malestar social provocado por un inmueble que no tiene razón de ser, saltan, por una parte, las denuncias de la dirigente del Sindicato Independiente de Trabajadoras y Trabajadores de Gobierno del Estado (Sittge), la combativa Francisca Reséndiz Lara, cuando refiere que esa casa es el domicilio particular de un hijo del gobernador Toranzo y que algunas de las habitaciones amuebladas se destinan para que duerman allí tres perritos; en tanto que, por la otra, el actual secretario general de gobierno, Eduardo González Sierra, manifiesta, de plano, desconocer quién o quienes sean las personas que habiten la casa… o séase, en suma, un verdadero galimatías.


     A menos que se siga pensando, desde el poder, que ese gusto por lo superfluo es un lujo que se merece cierta clase política por hacernos el favor de gobernarnos, no parece, pues, que haya más argumentos razonables (que no es lo mismo que racionales), como para que se siga dorando la píldora al respetable con la idea de que esa “chimistreta” se mantenga como un bien público. Todavía más, ya que se trata de una casa que ni siquiera se sabe que sea habitada por la pareja gubernamental, según refiere el funcionario antes mencionado, pues qué esperan para venderla o rifarla, sacarle una lana y aplicarla en “los que menos tienen”, habida cuenta que tal es el manido discurso empleado para decirnos a cada rato que sí le cumplen a la gente.



     En fin, el tema ha sido puesto sobre la mesa y no han faltado más voces que se sumen a esa exigencia que se muestra como de harto sentido común. Deshacerse de “elefantes blancos” es tan racional como evitar que se construyan obras faraónicas, de culto a la personalidad, caprichosas o por simple curiosidad, como el famoso mausoleo en forma de excremento de “Pachito Rex”, el fallido aspirante a gobernar un país equis de América Latina, que parece con-fundir la escatología como “creencia que pretende dar cuenta de las realidades últimas”, y la escatología como “análisis y referencia a los residuos corporales del cuerpo”. Bueno, por lo pronto allí está una propuesta de un candidato a gobernador que, tal vez, no sea objeto de mayor alharaca en el transcurso de las campañas, pero que a estas alturas del partido, tampoco es mera anécdota.