Eduardo
Galeano, el gran escritor uruguayo, cronista de los “sin voz”, de los
“condenados de la tierra” (como escribiera el también enorme Frantz Fanon), ya
no está, físicamente, con nosotros; empero, su obra queda, como trazo
inacabable de una realidad nuestra que se resiste a dar paso a un mundo
distinto, más digno y feliz para sus habitantes, por eso mismo dibujado como
utopía siempre presente de las luchas y resistencias de los más frente a los
menos. Historiar el subdesarrollo de nuestros países latinoamericanos, como un
cronista de los pueblos sujetos a la barbarie y al despojo de los personeros
del gran capital, queda condensado en ese gran libro que constituye uno de sus
ensayos más indispensables para comprender la ruta de nuestro siempre
postergado progreso: “Las venas abiertas de América Latina”, publicado en 1971,
en los albores de una crisis estructural de la tasa de ganancia del capital
internacional que, hasta el día de hoy, no parece tener para cuando parar.
Se puede estar o no de acuerdo con las
premisas de su análisis, acerca de la suerte de “destino manifiesto” que nos ha
tocado desempeñar como economías dependientes de los vaivenes del capital
trasnacional en los países conocidos como “desarrollados”, asumiendo que “somos
subdesarrollados porque somos dependientes”, muy en la línea de lo que
tradicionalmente se ha conocido como las teorías o escuelas de “la
dependencia”, encabezadas por el no menos famoso teórico brasileño Theotonio
Dos Santos. Teorías de la dependencia que han sido cuestionadas por otros
enfoques que parten de la premisa que establece, al contrario, que “somos
dependientes porque somos subdesarrollados”, abriendo una vía a la superación
posible de tal condición de postración, partiendo de la necesidad de reorientar
nuestras economías en función de las necesidades del mercado interno, de la
reproducción de la vida y no del capital, pugnando porque no sea el crecimiento
“hacia fuera”, mejor conocido como “neoliberal”, la panacea en la que descanse
el esfuerzo institucional.
Pero, de todos modos, el oficio peculiar
que hace el maestro Galeano, de historiar desde abajo y desde el interés
supremo de la colectividad, todo ese proceso de despojo y depredación de
nuestra riqueza material, de la naturaleza y de la humanidad, llevado a cabo
por los personeros del gran capital comercial, primero, y por el capital
industrial después, se presenta como un gran mosaico descriptivo de la realidad
terrible imperante desde antes y desde siempre en la vida de nuestras
sociedades en América Latina, quedando a juicio del interesado lector sacar las
prescripciones morales de tan aberrante comportamiento de las políticas imperialistas
de esos países denominados “desarrollados”, que navegan con la falsa bandera
del progreso “para todos”. Políticas como esa que reza: “no hay mejor indio que
el indio muerto”, o la descripción que hace Galeano de los indios “pongos” en
Bolivia, los empleados en el servicio doméstico y que todavía, en la primera
mitad del siglo XX, sus “dueños” ofrecían en alquiler en los diarios de la
ciudad de La Paz y, además, eran humillados al considerarlos como simples
bestias de carga, todo ello hasta la revolución de 1952 que les devolvió la
dignidad. Hoy día, esa nación es gobernada por el indígena Evo Morales,
mostrando que el camino liberador es posible de alcanzar puntos de conquista
insospechados, porque “no se puede querer el fin sin querer los medios… y
quienes niegan la liberación de América Latina reniegan de nuestro único
renacimiento posible”.
Este libro emblemático del maestro Galeano
“quiere ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar cómo funcionan los
mecanismos actuales del despojo, (por eso) aparecen los conquistadores en las
carabelas y cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán Cortés y los infantes de
marina, los corregidores del reino y las misiones del Fondo Monetario
Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y las ganancias de
la General Motors (…) También los héroes derrotados y las revoluciones de
nuestros días, las infamias y las esperanzas muertas y resurrectas, los
sacrificios fecundos”.
Más de cuarenta años después, ese objetivo
se ha cumplido enormemente y la palabra del maestro sigue como referente
indispensable para comprender la realidad de nuestro espacio y nuestro tiempo.
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