“No, pos, tan cabrones”, me comenta un ciudadano,
molesto, cuando se entera de que nuestros diputados locales son los que más
recibirán de aguinaldo este año en el país, cerca de 300 mil pesos. Luego, no
falta el metiche que pretende aclarar: “pero dicen que no es esa cantidad, que
nomás son 200 mil, después de impuestos”. La respuesta de mi interlocutor no se
hace esperar: “pos, más cabrones todavía”. La lógica del ciudadano en cuestión
es impecable: en un país corrompido hasta el tuétano, si se dice de alguien que
es el más corrupto, la mejor “defensa” que puede asumir ese alguien es la de
negar que se ocupe ese primerísimo lugar, procediendo a corromper el
“corruptómetro” para que, en esa jerarquía de “valores”, pase a ocupar un
“honroso” segundo lugar. “¿México es el país más corrupto? No, somos bien
cabrones porque ya dimos una lana para que nos ubiquen debajo de otros países
igual de corruptos”. Así reza el chiste popular. Desgraciadamente, el
chistecito nos sigue costando, a toda la sociedad, bastante caro. Además, el
desparpajo con el que asumen su condición de “menos corruptos” se muestra más
como burla adicional por la desgracia ajena, que auténtico golpe de pecho por
tanto “sacrificio” en favor de “los que menos tienen”, así sea que se desvivan
por tomarse fotos a granel con viejitos y niños desvalidos, en ésta época
decembrina.
El punto es
que, de plano, como inquiere la “vox populi”, tal parece que nuestros
representantes populares y, en general, la clase política apoltronada en puestos
burocráticos de “alto pedigrí”, nomás no llenan con los elevados y groseros
sueldos que perciben, sin contar con los bonos y compensaciones de la más diversa
ocurrencia: que si por el día del padre, que si por el día de la madre, que si
por día del niño, que si por navidad, que si por día del burócrata, que si por
quítame estas pajas, etcétera. La tan cacareada “austeridad republicana” es
mero jarabe de pico y si no creen, espérense a las ya cercanas campañas
político-electorales, cuando seguramente escucharemos por doquier, de no pocos
candidatos, que si llegan a ocupar un cargo público se reducirán los onerosos
sueldos, que no habrá más despilfarro, que se “racionalizará” el gasto público,
que ya basta de tanto saqueo, que si “a chuchita la bolsearon”, etcétera. Y,
más todavía, para rubricar sus dichos, serán capaces de quitarse la corbata,
ponerse en mangas de camisa y “chuparse” las bebidas espirituosas que ofrezca
la gente común, como cuando Zedillo se tomó en público un vaso de cerveza y, de
inmediato, se justificó diciendo que era “sidral”, sin reparar en que, de todos
modos, la cara de “borrachote” ya no se la podía quitar.
La pregunta
obligada surge, entonces: ¿por qué nuestros representantes populares y
gobernantes no llenan? ¿Será que padecen alguna enfermedad propia de la clase
política, cuyos síntomas pueden ser ocultados cuando andan en busca del apoyo
popular, pero luego brotan como signos inevitables que caracterizan lo que
conocemos como “cleptocracia” o, como sugiere Silva Herzog Márquez, “dexiocracia”? Sea gobierno de rateros o de corruptos, el
problema es el mismo: ¿por qué no llenan con tanto saqueo y tanta corrupción?
¿Es un problema de ellos, los gobernantes y representantes populares, o es un
problema de nosotros, como sociedad, que dejamos que hagan lo que les venga en
gana? Como dijera el ciudadano del inicio de este escrito, “esta cabrón el
dilema”. Pero, bien visto, no se trata de una disyuntiva. Evidentemente, la
responsabilidad primera es de la clase política que “se pasa de lanza” en el
ejercicio del poder, no sólo llevándose lo que se pueda, sino decretando, para
sí, el goce de la impunidad. Luego, viene la responsabilidad nuestra, de
permitir que tanto zángano siga circulando, como si nada, en los espacios de
poder público, brincando como chapulines de un cargo a otro, con el cinismo
propio de quienes, de plano, no tienen ma… dera de honorables.
En fin, si por lo pronto no es posible
lograr que desde la clase política cambie ese estilo de “agandallar” la “cosa
pública”, en lo que sí se puede avanzar es en asumir la responsabilidad nuestra
como ciudadanía indignada con tanto “desmadre bien organizado”. ¿Cómo?
Participando activamente en la integración de la representación política y la
definición de nuestros gobernantes, no sólo por tratarse de un derecho que nos
asiste, sino de un deber, sobre todo de carácter ético en las actuales
circunstancias, para lograr que esos “cabrestos” que nomás quieren “mamar y dar
el tope”, decía mi abuelo, se queden de una vez y para siempre en el corral del
olvido. Si no llenan con tanta tranza, por lo menos que lo hagan mordiendo el
polvo de su peculio; de otra manera, parafraseando a “Jolopo” (José López
Portillo): “ya nos saquearon… y lo volverán a hacer”. Viene 2015, año
electoral, y como siempre… la esperanza muere al último. ¡Salud!