Parafraseando al Marx del “Manifiesto Comunista” se
dice por doquier que un fantasma recorre México. Se trata del fantasma de 1994,
del año que vivimos en peligro, cuando nuestro país padeció la más grave crisis
política y social que tendría como colofón el famoso “error de diciembre”,
cuando el peso mexicano se devaluó abruptamente y siguió la quiebra masiva de
la economía nacional y la consecuente zozobra de todos los sectores productivos,
cuando apenas un año antes el gobierno de Salinas de Gortari cacareaba nuestro
ingreso en las grandes ligas con la firma del TLC con Estados Unidos y Canadá.
La ilusión de comerse el mercado mundial se desvaneció pronto, emergió el EZLN
con sus reclamos concretos de revertir el olvido ancestral de pueblos y
comunidades indígenas; el despertar del sueño modernizador del salinismo fue
amargo y exasperado por la crisis política de un fin de régimen priísta que
costó la vida del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio primero, y la de
José Francisco Ruiz Massieu después. La sociedad civil despertó de su letargo
y, aunque las elecciones presidenciales de ese año fueron ganadas por el PRI,
ya se anunciaba el colapso de un sistema de dominación caracterizado por el
abuso en el ejercicio del poder de una clase política rapaz y dispuesta a
incendiar el país con tal de salvarse a sí misma.
Veinte años
después, nuestras “autoridades” dicen que no hay de qué alarmarse, que ya se
aprendió la lección y que el país está blindado contra cualquier turbulencia
que pudiera desembocar en una crisis similar a la de 1994. Puede ser, empero,
habría que responderles que, de todos modos, para la mayoría de la sociedad
mexicana no han cambiado gran cosa “las pre-condiciones” que en aquel entonces
fueron explosivo caldo de cultivo para que se actualizaran las “pre-cipitantes”
del conflicto. Hoy seguimos padeciendo una vergonzante pobreza que se vuelve
cada vez más extrema, a pesar de programas clientelares como el “Prospera” y
otros que siguen cojeando de la misma pata de los que los precedieron: el uso
-y abuso- electorero. Seguimos con un campo devastado por la carencia de apoyos
que incentiven la producción y comercialización para competir con éxito frente
a los productores grandotes de fuera y dentro del país. Los salarios de la
mayoría de la clase trabajadora siguen perdiendo poder adquisitivo y nomás de
muestra basta el botón del reciente incremento a los mínimos de alrededor de
4.2 por ciento, es decir, ni para unos chicles; eso sí, el titular de la
Comisión Nacional de los Salarios Mínimos es un burócrata más de cuello blanco,
de esos que ganan millonarios sueldos con “el sudor” de su frente.
Tampoco
puede soslayarse la caída en el precio del petróleo, el incremento de una
informalidad que aporta ya la cuarta parte del PIB nacional, el galopante
desempleo y, por supuesto, la creciente crispación social que corre de la mano
con la errática conducción política. Para completar el cuadro, hoy se tiene el
ingrediente de una inseguridad pública que no cede por la confluencia de no
pocos intereses políticos con la delincuencia organizada. Pero más importante
aún, es no perder de vista que este tipo de crisis son consecuencia cíclica de
la inestabilidad de un modelo económico impuesto desde fuera del país y que
obedece a intereses económicos de más amplio grado. Es el modelo que se ha
vuelto lugar común identificar como “neoliberal” y que no puede desentenderse
de un tipo histórico de relaciones políticas internacionales que se concentran
en lo que conocemos como “Estado del capital”, por lo que, aunque se diga que
tenemos las más grandes reservas monetarias en mucho tiempo, ya se sabe que se
trata de capitales que suelen volverse especulativos -y golondrinos- a la hora
de un contagio agresivo por las crisis de otras economías más fuertes. Ahí
nomás está latente el efecto “vodka”, luego de la debacle del rublo en Rusia.
En fin, como que luego se olvida nuestro carácter subordinado y dependiente en
el mundo.
Así las
cosas, nos enfilamos a un año nuevo que se antoja complicado por la recurrente
ineptitud y necedad de nuestras “autoridades” para atreverse a dar un golpe de
timón en el tipo de relaciones sociales, económicas y políticas que seguimos
padeciendo desde hace rato, arraigadas en el enriquecimiento de pocos a costa
del empobrecimiento de muchos, así como en el disfrute de privilegios e
impunidad de unos en detrimento de una igualdad de todos ante la ley, pasando
por un tratamiento del conflicto social apoyado en el uso indiscriminado de la
represión y la vuelta a la centralización convenenciera de un poder político
que se antoja como regresión al viejo autoritarismo que creíamos superado.
Ojalá y el fantasma de 1994 no sea más que sólo eso, la sombra ominosa de un
pasado no muy lejano cuyas consecuencias estamos pagando todos por la
estulticia y entreguismo de unos cuantos.
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