miércoles, 23 de septiembre de 2015

Masiosares

Pasaron las “fiestas patrias” pero, se supone, el fervor sobre lo mexicano queda, por lo menos en lo que resta del mes de septiembre. Por tanto, es dable seguir hablando de “los héroes que nos dieron patria” y… de sus contrarios, los “masiosares”. Con éste último mote, el ingenio popular ha bautizado a los “extraños enemigos” que se atreven a “profanar con sus plantas” (botas, chanclas) nuestro suelo o territorio nacional, así como a los “traidores a la patria”, es decir, a los propios mexicanos que con sus actos atentan contra las riquezas materiales y espirituales (valores) que tenemos como patrimonio colectivo, de la nación, pues. Por tanto, no se trata de un asunto menor tener presente esta tipología de sujetos que, por lo menos, cada año saltan a la palestra para recordarles que no tienen “matria”.


Los masiosares de nuestro tiempo son perfectamente identificables porque no son tan “extraños” como enemigos del pueblo; pululan en las altas esferas del poder público y su misión recurrente tiene que ver con el despojo del patrimonio nacional, la expoliación económica de la mayoría de la sociedad, así como hacerse guajes cuando se trata de investigar las tranzas y atropellos que se cometen al administrar la cosa pública. No es solamente la devaluada casta de políticos viciados que hacen de las suyas cada que pueden (por aquello de que no quieren que les den, sino que los pongan donde hay), sino también de empresarios abusivos que aprovechan los “favores” de esos políticos, así como de todos aquellos funcionarios que les vale gorro la suerte de los ciudadanos a quienes deberían de servir.


Los masiosares son esos delincuentes de cuello blanco que roban a la nación y hasta alardean de las riquezas mal habidas, justo cuando la mayoría de la sociedad mexicana padece una situación de angustia por la recurrente crisis económica. Son esos servidores públicos que practican, cínicamente, el arte de mentir, incluso con la verdad… histórica. Son esos representantes, dizque “populares”, que solamente sirven para validar las ocurrencias de los gobernantes y que, de ninguna manera, se atreven a levantar la voz para denunciar tantos excesos de los personeros del poder político y/o económico. Son esos funcionarios que se muestran como “candil de la calle y oscuridad de la casa”, cuando defienden los derechos de ciudadanos vejados en el exterior pero se “sordean” con los excesos que se cometen con la propia gente de casa.


En fin, los masiosares de nuestro tiempo andan desatados pretendiendo seguir saqueando a México, llevándose el oro y el moro, concesionando la riqueza minera, petrolera y de todos los demás bienes nacionales “quesque” para que, ahora sí, la gente pueda vivir feliz y contenta. Son los represores que suelen echar mano de toda la fuerza pública, para seguir impidiendo que el pueblo se manifieste libremente en el ejercicio pleno de sus derechos. En suma, son la rémora de un pasado conservador que se resiste a dejar que lo mejor de la sociedad mexicana se convierta en gobierno para democratizar todas las esferas de la vida pública: la política, la economía, la educación, la cultura. Allí permanecen, empero, embozados, prestos a dejar que al país lo devoren los intereses más mezquinos de fuera y dentro de México.


En ocasión de los festejos por las fiestas patrias, siempre conviene, pues, tener presentes a esos sujetos que andan metidos en el ajo de la cosa pública, llevando agua a su muy particular molino y haciéndose pasar como inmaculados servidores de la gente, cuando en realidad son los “extraños enemigos” del pueblo. Tampoco confundir al “masiosare” con el personaje de una novela de Armando Ramírez, donde el protagonista es un vendedor callejero de pantaletas de talla extra-grande, obligado a desempeñarse en ese peculiar oficio porque la famosa “igualdad de oportunidades”, en este México nuestro, aún es vana ilusión.       

      

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Guarurismo

Tanto se ha devaluado el noble ejercicio de la política en México que ya no caben las grandes discusiones sobre posturas ideológicas diversas, sobre todo entre representantes de partidos políticos que, se supone, serían vehículos de transmisión de críticas, propuestas y hasta sentimientos colectivos de distintos segmentos de la sociedad. Como decía don José Carmen García Vázquez: “si la ideología separa a las fuerzas políticas, el presupuesto las une” y, en efecto, cuando se trata de privilegios que derivan del goce de la función pública, lo más “cuerdo” es que las diferencias políticas abran paso a la unidad… en defensa de los beneficios que al resto de los ciudadanos están vedados.



Un ejemplo claro de la suerte de privilegios que goza una casta dorada de políticos en México es el que se refiere a contar con escoltas o guaruras, dizque para salvaguardar la seguridad personal que, cotidianamente, se pone en riesgo para muchos “sufridos” funcionarios. No es de dudar que, ciertamente, no pocos servidores públicos tengan que cuidarse de los enemigos ganados gratuitamente, no sólo por la índole de su responsabilidad (como las tareas que tienen que ver con la seguridad pública), sino incluso porque, en verdad, son tan antipáticos e impopulares que no falta quien busque, por lo menos, “mentarles la máuser”.


 
Así las cosas, si antes se debatía ampliamente sobre las contradicciones del capitalismo o las utópicas bondades del socialismo realmente existente, ahora tenemos que andar elucubrando sobre los excesos de otros “ismos”, como es el caso del mentado “guarurismo”, sobre todo cuando nos enteramos que en la entidad potosina casi una tercera parte de la fuerza policial operativa estatal se dedica a cuidar las espaldas de diversos funcionarios de alto pedigrí gubernamental y, ¡encabrítese Usted!, toda vez que solo para el servicio del gobernador Toranzo y esposa se destinan… ¡65 efectivos!, como para que ni las moscas se atrevan a volar en varios metros a la redonda.


Con justa razón, el escritor Federico Campbell nos recuerda que “el problema de la policía es uno de los problemas no resueltos del Estado moderno”, no sólo por la delgada línea que separa la función policial de cualquier régimen político con la “última ratio” de la violencia legal característica del poder estatal en la modernidad; sino, también, por la frecuente mezcla de intereses de una corporación con los particulares de ciertos personajes del gobierno, al punto de la ridiculez e indignidad, como cuando el célebre “Negro Durazo”, jefe de la policía del Distrito Federal en la época del presidente López Portillo, empleaba a los policías en labores propias de la servidumbre del hogar o como albañiles para la construcción y remozamiento de los palacetes que simbolizaban la enorme corrupción reinante.




En fin, al cierre del sexenio del doctor Toranzo sale a flote la comisión de tales excesos por parte de personeros de la clase política gobernante, pero lo que (ya no) sorprende es que asuman que “eso y más merecen”, dizque porque los “pobrecitos” se andan jugando el pellejo por nuestra tranquilidad y, por tanto, requieren de hartos guarros para su seguridad personal que hasta dan miedo. Ni hablar, son tiempos difíciles y obligan a implementar las medidas de seguridad que sean tenidas como “necesarias” y… estrafalarias; lástima que sólo sean para unos cuantos, eso sí… con cargo a los demás.  

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La verdad sospechosa

Como sucede con “don García”, personaje central de la obra de Juan Ruiz de Alarcón, las mentiras del ex-procurador Jesús Murillo Karam (en el asunto de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala, Guerrero) han salido a la luz pública, desnudando la naturaleza específica del poder político que prevalece en México. El famoso informe que presentara el mentado Murillo como “la verdad histórica”, hace varios meses, ha resultado, en realidad, un descomunal engaño que, por supuesto, solamente “creyeron” los personeros del Estado mexicano -incluido el propio presidente Peña Nieto-, alarmados por la creciente inconformidad e indignación social que despertó la sospecha fundada en la participación directa de no pocos funcionarios públicos de la más diversa ralea e (in)competencia, en esos lamentables hechos.


Damián Alcázar, el reconocido actor de cine que ha dejado memorables actuaciones en “La ley de Herodes” y “El infierno”, cintas que retratan la cruda realidad mexicana, ha señalado que la última película de esa saga, “La dictadura perfecta”, originalmente se titularía “La verdad sospechosa”, en alusión a la otra faceta de que hace gala el poder político en México y que tiene que ver con la mezcla de negocios con grandes consorcios mediáticos, cuando de manipular la verdad se trata. Sin embargo, en el caso de Ayotzinapa, el impulso político-mediático por tratar de enmascarar la verdad se ha topado con la formidable resistencia de los familiares de los estudiantes desaparecidos y con la presión del escrutinio de la opinión pública a nivel internacional, impidiendo que se concrete una burla social monumental.


Ahora se comprende mejor el sentido de mandar a “descansar”, recientemente, a Murillo Karam, relevándolo de la otra “responsabilidad” pública encomendada por el presidente Peña Nieto como titular de la “Sedatu” (Secretaría de Desarrollo Territorial y Urbano), seguramente en previsión de que lo alcanzara, si no el largo brazo de la ley, por lo menos el índice justiciero de una sociedad agraviada hasta por “la güeva” de que alardeaba este sujeto cuando señalaba que ya estaba “cansado”, precisamente para eludir las preguntas incómodas de la prensa independiente y crítica con su mamotreto de conclusiones del caso Ayotzinapa. Pero el mal ejemplo cunde y… hasta deja escuela. Después del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), la PGR insiste en la tesis chafa de Murillo.


Uno de los miembros del GIEI, de apellido Torero, ha desmontado esa tesis de la pira humana en el basurero de Cocula, demostrando la imposibilidad de una incineración tan rápida como la señalada en el informe de Murillo. Como se trata de una verdad científica que no comulga con las ruedas de molino oficialistas, al gobierno sólo queda el recurso de aceptar, por lo menos, que se trata de otra versión a confrontar… aunque, tercos que son, insisten en “su verdad”, así sea que el Torero los haya dejado con todo el estoque adentro. Como para tratar de salir del atolladero, el presidente Peña acepta reunirse con los familiares de los estudiantes desaparecidos antes de que se cumpla, el 26 de septiembre, el primer aniversario de los hechos.


En suma, el asunto reviste aristas complejas, por supuesto, pero queda claro que, como decían los clásicos, hay un discurso de la verdad que se manipula convenientemente por parte de la “autoridad”, sobre todo cuando se tiene como la “verdad histórica”, como si la historicidad sólo fuera inmutable e ideológica y no un horizonte abierto a otra(s) posibilidad(es). Por lo pronto, la verdad “oficial”, sostenida con alfileres por el gobierno federal, se ha desnudado como “la verdad sospechosa”, como la versión descabellada que en las prisas por evitar mayor escándalo internacional y erosión de legitimidad, se insiste en mostrar como “lo mejor” que pudo haber realizado un ex-procurador que, ciertamente, cayó más pronto que un cojo.
  




miércoles, 2 de septiembre de 2015

Refundar al PRD

En los próximos días, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), procederá a renovar su dirigencia nacional. Se perfila para presidir el comité ejecutivo nacional Agustín Basave Benítez, quien tiene una larga trayectoria como académico y legislador. Representantes de varias corrientes o “tribus” del partido han planteado su disposición para que Basave sea ungido como “candidato de unidad” y es previsible que ese acuerdo se materialice en un consejo nacional electivo que, antes, será facultado por el congreso nacional para que la reciente afiliación de Basave no sea obstáculo para validar esa postulación.


En principio, esa medida adoptada por las corrientes perredistas es promisoria, toda vez que Basave es un destacado intelectual que no pertenece a ninguna de las tribus del partido y eso abona a un proceso de recomposición de fuerzas en el PRD que no termine en el típico carrusel de descalificaciones que tanto desgasta su imagen, confianza e identidad entre la ciudadanía. Hace tiempo que no se percibía un balance general autocrítico que llevara a tomar medidas como la propuesta, en buena medida por la resistencia y la vocación sectaria de algunas tribus, incapaces de ver más allá de intereses inmediatistas.


El propio Basave ha expresado, en su “visión del PRD” (en “El Universal”, 31 de agosto de 2015), que uno de los mayores retos que enfrenta el partido es el de recuperar la “identidad perdida” entre la ciudadanía, toda vez que en la última elección, de este año, “muy pocos electores no perredistas votaron por el partido”, porque no tienen claro qué representa hoy en día y, en esa medida, “debe comunicar bien su prioridad ideológica: combatir la pobreza y la desigualdad”, (sin menoscabo de una diversidad de temas en los que tiene que asumir una postura igualmente crítica).


Con respecto a las corrientes o tribus, Basave también ha sido enfático en manifestar que se trata de una falsa disyuntiva plantear “si continúan como están o desaparecen”, ya que se trata de una realidad que se impone en todas las organizaciones políticas el que se formen grupos, expresiones o tendencias; el problema está en que se ha desvirtuado la función, incluso delineada estatutariamente, de esas corrientes, como grupos de opinión y no de presión. Por tanto, el reto está en acotar esos excesos en que han incurrido las tribus, situando por encima de sus intereses de facción el más general de la nación, primero, y del partido después.


En todo caso, en la visión de Basave subyace la necesidad de tener claro que dirigir un partido es dotarlo de orientación, de sentido político en el proceloso mar de la vida pública mexicana, donde, para empezar, urge restituir la credibilidad ciudadana en sus instituciones políticas. Esto implica que para un partido como el PRD, es impostergable retomar su papel como “oposición inequívoca” y firme en el plano nacional, así como de gobierno responsable y abierto a la sociedad donde se haya refrendado la confianza de la gente.


Finalmente, como expresión de izquierda democrática y progresista, el PRD tiene el desafío de impulsar un gran esfuerzo de unidad con otras fuerzas políticas y sociales que permitan enfrentar con éxito las tentaciones autoritarias y las regresiones en materia económica que amenazan con desmantelar el patrimonio nacional y los bienes públicos para beneficio de unos cuantos. Pugnar por acentuar la democratización de la política y de la economía del país y sus regiones que, hoy mismo se traduce en una transición trunca o inconclusa y que, por lo tanto, reclama un claro compromiso de renovación ética en las fuerzas de izquierda en México.


Sea o no Basave el dirigente nacional del PRD, sus planteamientos preliminares de lo que urge al partido quedan allí para ser tomados en cuenta. Ojalá y así ocurra. Por lo menos hay materia para el debate y es deseable que esa práctica se dé en el seno de un partido que no puede darse el lujo de postergar más su necesaria refundación democrática.