Pasaron las “fiestas patrias” pero, se supone, el
fervor sobre lo mexicano queda, por lo menos en lo que resta del mes de
septiembre. Por tanto, es dable seguir hablando de “los héroes que nos dieron
patria” y… de sus contrarios, los “masiosares”. Con éste último mote, el
ingenio popular ha bautizado a los “extraños enemigos” que se atreven a
“profanar con sus plantas” (botas, chanclas) nuestro suelo o territorio
nacional, así como a los “traidores a la patria”, es decir, a los propios
mexicanos que con sus actos atentan contra las riquezas materiales y
espirituales (valores) que tenemos como patrimonio colectivo, de la nación,
pues. Por tanto, no se trata de un asunto menor tener presente esta tipología
de sujetos que, por lo menos, cada año saltan a la palestra para recordarles
que no tienen “matria”.
Los
masiosares de nuestro tiempo son perfectamente identificables porque no son tan
“extraños” como enemigos del pueblo; pululan en las altas esferas del poder
público y su misión recurrente tiene que ver con el despojo del patrimonio
nacional, la expoliación económica de la mayoría de la sociedad, así como
hacerse guajes cuando se trata de investigar las tranzas y atropellos que se
cometen al administrar la cosa pública. No es solamente la devaluada casta de
políticos viciados que hacen de las suyas cada que pueden (por aquello de que
no quieren que les den, sino que los pongan donde hay), sino también de
empresarios abusivos que aprovechan los “favores” de esos políticos, así como
de todos aquellos funcionarios que les vale gorro la suerte de los ciudadanos a
quienes deberían de servir.
Los
masiosares son esos delincuentes de cuello blanco que roban a la nación y hasta
alardean de las riquezas mal habidas, justo cuando la mayoría de la sociedad
mexicana padece una situación de angustia por la recurrente crisis económica.
Son esos servidores públicos que practican, cínicamente, el arte de mentir,
incluso con la verdad… histórica. Son esos representantes, dizque “populares”,
que solamente sirven para validar las ocurrencias de los gobernantes y que, de
ninguna manera, se atreven a levantar la voz para denunciar tantos excesos de
los personeros del poder político y/o económico. Son esos funcionarios que se
muestran como “candil de la calle y oscuridad de la casa”, cuando defienden los
derechos de ciudadanos vejados en el exterior pero se “sordean” con los excesos
que se cometen con la propia gente de casa.
En fin, los
masiosares de nuestro tiempo andan desatados pretendiendo seguir saqueando a
México, llevándose el oro y el moro, concesionando la riqueza minera, petrolera
y de todos los demás bienes nacionales “quesque” para que, ahora sí, la gente
pueda vivir feliz y contenta. Son los represores que suelen echar mano de toda
la fuerza pública, para seguir impidiendo que el pueblo se manifieste
libremente en el ejercicio pleno de sus derechos. En suma, son la rémora de un
pasado conservador que se resiste a dejar que lo mejor de la sociedad mexicana
se convierta en gobierno para democratizar todas las esferas de la vida
pública: la política, la economía, la educación, la cultura. Allí permanecen,
empero, embozados, prestos a dejar que al país lo devoren los intereses más
mezquinos de fuera y dentro de México.
En ocasión
de los festejos por las fiestas patrias, siempre conviene, pues, tener
presentes a esos sujetos que andan metidos en el ajo de la cosa pública,
llevando agua a su muy particular molino y haciéndose pasar como inmaculados
servidores de la gente, cuando en realidad son los “extraños enemigos” del
pueblo. Tampoco confundir al “masiosare” con el personaje de una novela de
Armando Ramírez, donde el protagonista es un vendedor callejero de pantaletas
de talla extra-grande, obligado a desempeñarse en ese peculiar oficio porque la
famosa “igualdad de oportunidades”, en este México nuestro, aún es vana
ilusión.