En
los próximos días, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), procederá a
renovar su dirigencia nacional. Se perfila para presidir el comité ejecutivo
nacional Agustín Basave Benítez, quien tiene una larga trayectoria como
académico y legislador. Representantes de varias corrientes o “tribus” del
partido han planteado su disposición para que Basave sea ungido como “candidato
de unidad” y es previsible que ese acuerdo se materialice en un consejo
nacional electivo que, antes, será facultado por el congreso nacional para que
la reciente afiliación de Basave no sea obstáculo para validar esa postulación.
En principio, esa medida adoptada por las
corrientes perredistas es promisoria, toda vez que Basave es un destacado
intelectual que no pertenece a ninguna de las tribus del partido y eso abona a
un proceso de recomposición de fuerzas en el PRD que no termine en el típico
carrusel de descalificaciones que tanto desgasta su imagen, confianza e
identidad entre la ciudadanía. Hace tiempo que no se percibía un balance
general autocrítico que llevara a tomar medidas como la propuesta, en buena
medida por la resistencia y la vocación sectaria de algunas tribus, incapaces
de ver más allá de intereses inmediatistas.
El propio Basave ha expresado, en su
“visión del PRD” (en “El Universal”, 31 de agosto de 2015), que uno de los
mayores retos que enfrenta el partido es el de recuperar la “identidad perdida”
entre la ciudadanía, toda vez que en la última elección, de este año, “muy
pocos electores no perredistas votaron por el partido”, porque no tienen claro
qué representa hoy en día y, en esa medida, “debe comunicar bien su prioridad
ideológica: combatir la pobreza y la desigualdad”, (sin menoscabo de una
diversidad de temas en los que tiene que asumir una postura igualmente
crítica).
Con respecto a las corrientes o tribus,
Basave también ha sido enfático en manifestar que se trata de una falsa
disyuntiva plantear “si continúan como están o desaparecen”, ya que se trata de
una realidad que se impone en todas las organizaciones políticas el que se
formen grupos, expresiones o tendencias; el problema está en que se ha
desvirtuado la función, incluso delineada estatutariamente, de esas corrientes,
como grupos de opinión y no de presión. Por tanto, el reto está en acotar esos
excesos en que han incurrido las tribus, situando por encima de sus intereses
de facción el más general de la nación, primero, y del partido después.
En todo caso, en la visión de Basave
subyace la necesidad de tener claro que dirigir un partido es dotarlo de
orientación, de sentido político en el proceloso mar de la vida pública
mexicana, donde, para empezar, urge restituir la credibilidad ciudadana en sus
instituciones políticas. Esto implica que para un partido como el PRD, es
impostergable retomar su papel como “oposición inequívoca” y firme en el plano
nacional, así como de gobierno responsable y abierto a la sociedad donde se
haya refrendado la confianza de la gente.
Finalmente, como expresión de izquierda
democrática y progresista, el PRD tiene el desafío de impulsar un gran esfuerzo
de unidad con otras fuerzas políticas y sociales que permitan enfrentar con
éxito las tentaciones autoritarias y las regresiones en materia económica que
amenazan con desmantelar el patrimonio nacional y los bienes públicos para
beneficio de unos cuantos. Pugnar por acentuar la democratización de la
política y de la economía del país y sus regiones que, hoy mismo se traduce en
una transición trunca o inconclusa y que, por lo tanto, reclama un claro
compromiso de renovación ética en las fuerzas de izquierda en México.
Sea o no Basave el dirigente nacional del
PRD, sus planteamientos preliminares de lo que urge al partido quedan allí para
ser tomados en cuenta. Ojalá y así ocurra. Por lo menos hay materia para el
debate y es deseable que esa práctica se dé en el seno de un partido que no
puede darse el lujo de postergar más su necesaria refundación democrática.
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