Como sucede con “don García”, personaje central de la
obra de Juan Ruiz de Alarcón, las mentiras del ex-procurador Jesús Murillo
Karam (en el asunto de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala,
Guerrero) han salido a la luz pública, desnudando la naturaleza específica del
poder político que prevalece en México. El famoso informe que presentara el
mentado Murillo como “la verdad histórica”, hace varios meses, ha resultado, en
realidad, un descomunal engaño que, por supuesto, solamente “creyeron” los
personeros del Estado mexicano -incluido el propio presidente Peña Nieto-,
alarmados por la creciente inconformidad e indignación social que despertó la
sospecha fundada en la participación directa de no pocos funcionarios públicos
de la más diversa ralea e (in)competencia, en esos lamentables hechos.
Damián
Alcázar, el reconocido actor de cine que ha dejado memorables actuaciones en
“La ley de Herodes” y “El infierno”, cintas que retratan la cruda realidad
mexicana, ha señalado que la última película de esa saga, “La dictadura
perfecta”, originalmente se titularía “La verdad sospechosa”, en alusión a la
otra faceta de que hace gala el poder político en México y que tiene que ver
con la mezcla de negocios con grandes consorcios mediáticos, cuando de
manipular la verdad se trata. Sin embargo, en el caso de Ayotzinapa, el impulso
político-mediático por tratar de enmascarar la verdad se ha topado con la
formidable resistencia de los familiares de los estudiantes desaparecidos y con
la presión del escrutinio de la opinión pública a nivel internacional,
impidiendo que se concrete una burla social monumental.
Ahora se
comprende mejor el sentido de mandar a “descansar”, recientemente, a Murillo
Karam, relevándolo de la otra “responsabilidad” pública encomendada por el
presidente Peña Nieto como titular de la “Sedatu” (Secretaría de Desarrollo
Territorial y Urbano), seguramente en previsión de que lo alcanzara, si no el largo
brazo de la ley, por lo menos el índice justiciero de una sociedad agraviada
hasta por “la güeva” de que alardeaba este sujeto cuando señalaba que ya estaba
“cansado”, precisamente para eludir las preguntas incómodas de la prensa
independiente y crítica con su mamotreto de conclusiones del caso Ayotzinapa.
Pero el mal ejemplo cunde y… hasta deja escuela. Después del informe del Grupo
Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), la PGR insiste en la
tesis chafa de Murillo.
Uno de los
miembros del GIEI, de apellido Torero, ha desmontado esa tesis de la pira
humana en el basurero de Cocula, demostrando la imposibilidad de una
incineración tan rápida como la señalada en el informe de Murillo. Como se
trata de una verdad científica que no comulga con las ruedas de molino
oficialistas, al gobierno sólo queda el recurso de aceptar, por lo menos, que
se trata de otra versión a confrontar… aunque, tercos que son, insisten en “su
verdad”, así sea que el Torero los haya dejado con todo el estoque adentro.
Como para tratar de salir del atolladero, el presidente Peña acepta reunirse
con los familiares de los estudiantes desaparecidos antes de que se cumpla, el
26 de septiembre, el primer aniversario de los hechos.
En suma, el
asunto reviste aristas complejas, por supuesto, pero queda claro que, como
decían los clásicos, hay un discurso de la verdad que se manipula
convenientemente por parte de la “autoridad”, sobre todo cuando se tiene como
la “verdad histórica”, como si la historicidad sólo fuera inmutable e
ideológica y no un horizonte abierto a otra(s) posibilidad(es). Por lo pronto,
la verdad “oficial”, sostenida con alfileres por el gobierno federal, se ha
desnudado como “la verdad sospechosa”, como la versión descabellada que en las
prisas por evitar mayor escándalo internacional y erosión de legitimidad, se
insiste en mostrar como “lo mejor” que pudo haber realizado un ex-procurador
que, ciertamente, cayó más pronto que un cojo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario