¿Qué es un gobierno populista? Generalmente, se admite
que el populismo es un estilo peculiar de ejercicio del poder público, basado
en la exaltación de las necesidades de la gente y en el correspondiente
compromiso de resolverlas como por arte de magia, con la sola manifestación de
voluntad del gobernante de que así será, sin reparar en mayores costos sociales
y económicos que puedan derivarse de ese tipo de concesiones. Evidentemente, lo
que importa es el beneficio político que reporta un gesto de tal naturaleza del
gobernante y, por eso, ciertamente hay que precaverse de ese tipo de regímenes
políticos porque terminan socavando la legitimidad de la democracia, al
pretender descansar la provisión del bienestar social en las emociones de una
persona (dilapidando con gozo lo que no es propio) y no en la inteligencia
colectiva.
Como reza
el viejo dicho: “al nopal solo se le visita cuando tiene tunas”, y así ocurre
también con la reciente condena política que hace el presidente Peña Nieto del
presunto populismo que “pone en riesgo la estabilidad de las naciones
democráticas en el mundo”. Dicha advertencia tuvo lugar en la denominada
“Reunión Nacional de Unidad por la Transformación”, realizada con militantes de
pipa y guante del PRI, el partido del presidente, dizque para celebrar los
triunfos electorales alcanzados en la pasada jornada comicial del 7 de junio,
donde ciertamente ese partido fue el “ganón”.
El asunto
es que: antes de dichos comicios, el gobierno federal peñista también hizo su
tarea populista, ofreciendo que la situación crítica que padece la mayoría de
la población, en términos de pobreza, bajos salarios, carencia de empleo y un
largo etcétera de necesidades no satisfechas, ahora sí sería resuelta por obra
y gracia de las mentadas “reformas estructurales”. Es decir, que al nopal
populista habría que acudir, antes, por necesidad electoralista, ya luego se
vería.
En efecto,
así ha ocurrido luego de tres años de gobierno peñista. Las “reformas
estructurales” no terminan de aterrizar en el beneficio inmediato y
generalizado de la gente y, por el contrario, sabido como experimentado está,
la situación económica no mejora porque el país no crece como debiera y, a toro
pasado, el propio Peña Nieto reconoce que “sin dinamismo de la economía
nacional” no se puede avanzar en el combate de los terribles flagelos que
agravian a la sociedad mexicana, señaladamente el de la pobreza.
Sin
embargo, como se ha venido insistiendo cada que se abordan estos temas, ese
tipo de argumentaciones que utiliza el gobierno para pretender distinguirse
como “no populista”, como que habla con “la verdad”, sin pretender engañar al
respetable, caen más temprano que tarde por su propio peso. Toda la culpa de
nuestra persistente desgracia socio-económica se pretende aislarla de las
responsabilidades políticas y así, resulta que la corrupción, la impunidad, la
arbitrariedad, el despojo, la venalidad y demás lacras que se resisten a
desaparecer de las prácticas gubernamentales, no tienen nada que ver con esa
persistente condición de parias y jodidos que pretende “naturalizar” el
gobierno actual (y los anteriores, por lo demás). El “arte de mentir, incluso
con la verdad”, pues.
En fin,
como ya pasaron las elecciones y viene de nuevo la ofensiva gubernamental para
concretar el ciclo de las “reformas estructurales”, ahora sí se condena ese
populismo al que antes se recurrió para dorarnos la píldora y asegurarnos que
ya seríamos felices. Lo que se avizora es más medicina amarga para dizque
sanear al enfermo, así sea que se le lleve entre las patas en el intento.
Bajita la mano, se nos lleva por el camino de los griegos, pero no en términos
de la exaltación de la democracia que tanto nos hace falta, sino de una crisis
que ahonda nuestra difícil circunstancia como sociedad mexicana que se pretende
“soberana” y, sobre todo, urgida de una justicia social y económica que, en
verdad, no sea mero discurso “patriotero” (la “unidad nacional”), “populista”,
o de simple alarde triunfalista de un partido que vuelve por sus fueros.
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