En el ocaso de su mandato, el gobernador potosino
Fernando Toranzo se da el lujo de mandar al carajo cualquier queja o reclamo
que le sea enderezado por alguno de sus gobernados. Ya nada le preocupa, dice
el primer mandatario, ya se va. Si los empresarios que piden rendición de
cuentas, en el caso del impuesto sobre nómina, “fingen locura”, según el rápido
diagnostico del médico-gobernante, pues ya podemos imaginar el concepto en el
que tiene a toda la gente que no comulga con el verbo de sus presuntos logros
espectaculares en seis años de una administración que, por cierto, sus
propagandistas cacarean, “ad nauseam”, como más y mejor que la anterior… no
importa que de ella formara parte el hoy mandatario.
En efecto,
¿qué le puede preocupar a un gobernante que se va con más pena que gloria de
una administración estatal fallida? Cuando se ha dejado una estela de buen
ejercicio de gobierno, seguramente preocupa que la gente olvide pronto los
servicios prestados a la comunidad, no por prurito egoísta, sino por compromiso
efectivo de trascender el tiempo que tocó ser parte fundamental de la historia
local, así sea medio aldeana y/o parroquial. Cuando no se aspira a trascender,
a dejar ejemplo de vocación y espíritu democráticos, sólo queda el recurso de
culpar a los demás de no ir más allá de lo que pudo ser y no fue. Tal parece
que en eso anda el gobernador Toranzo: aclarando que hizo lo que pudo pero, ni
modo, no había “click” para más.
Seguramente, el gobernador tiene claro que hay un hartazgo social, pero
no se preocupa porque, ciertamente, ese hartazgo social no se traduce, por
ahora, en acciones más amplias y directas de reclamo. La sociedad potosina,
citando a un clásico, es como el atole: “tarda mucho en calentarse, pero luego
tarda mucho en enfriarse” y, tal vez, por eso, ahora ni siquiera vemos que se
proponga algún juicio popular al término del mandato torancista (como antes se
hizo con otros ex-gobernadores), por lo menos para aplacar la “muina” que
corroe a no pocos ciudadanos. ¿O será tan gris, tan eclipsado, el cierre de la
actual administración, que ni siquiera vale la pena ese tipo de catarsis
social? Quién sabe. El punto es que, en efecto, el galeno puede seguir pescando
en aguas tranquilas.
Pero
tampoco es muy bien visto que se le den de patadas al pesebre. El gobernador se
debe a los muchos electores potosinos que, entusiasmados por un perfil que se
tenía como más sensible y humanitario, gracias a su formación de médico, se
pensaba que estaría a la altura de las expectativas despertadas, sobre todo
después de una administración caracterizada por el boato y el desparpajo. El
hombre derrochaba humildad y se le tenía como la esperanza de los más pobres
entre los pobres. Pero el desencanto ciudadano se fue incubando como
propagando, en la medida que don Fernando dejó que otros manotearan a gusto en
las responsabilidades que se le habían encomendado y, sin mayor empacho, un día
aciago resolvió que ya no era más indispensable que lo necesario.
Pero el
médico resultó indispensable a la hora de consumar el giro que tomaría la
sucesión de su propio (en)cargo, y allí tienen que logró evitar que se diera la
alternancia política en el gobierno del Estado. Es un logro que muchos
envidiarían, y ni modo que se lo anden regateando. En ese sentido, Toranzo bien
puede jactarse de que lo más “peliagudo” ha pasado. Lo que sigue son los
naturales gajes de un oficio que le tocó cubrir estos seis años y que, al final
de su mandato, se traducen en el inevitable síndrome del “solitario de
palacio”. Pero ya se va. Así que no hay de qué preocuparse. Que se preocupen
quienes fingen locura… por no querer entender que la responsabilidad de un
gobernante, como reza el dicho popular, no se reduce a cumplir antojos y
enderezar jorobados.
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