miércoles, 12 de agosto de 2015

Mal de muchos…

Cuando ya no hay para dónde hacerse, cuando “la lumbre llega a los aparejos”, sólo queda el recurso de culpar a los demás o salir con el pretexto de que así andamos todos. Esto aplica para el gobierno mexicano que ya no siente lo duro sino lo tupido, con tantas broncas que se le acumulan cotidianamente y en todos los frentes. La operación política naufragando, la economía en picada, la imagen internacional deteriorada y las expectativas del conjunto de la sociedad cada vez más lejos de ser cumplidas cabalmente. En suma, un panorama que se aprecia complicado para el país en el futuro inmediato, toda vez que, ciertamente, hay una crisis que recorre el mundo, pero que nos pega por partida doble por la endeble condición de atraso y subdesarrollo (tanto económico como político) que arrastramos.


     En tal contexto, no es de sorprender que el presidente Peña Nieto aviente el arpa de su delicada encomienda como jefe del Estado mexicano, justificándose con el sobado recurso de lanzar la pelotita de los errores propios a otro lado. “A otros países les va peor”, ha dicho para sortear las críticas a los embates de la debacle económica. Como no sea que se refiera a economías crónicamente débiles de algunos países perdidos en tierras ignotas, no parece muy propio afirmar que estamos mejor que otras con características similares a la nuestra; al contrario, chance y hasta quedemos a deber. Antes se decía: “México para los chilenos y Chile para los mexicanos”, dando a entender que estábamos a la par de ese país, por ejemplo; ahora sólo queda como eco de un albur ingenioso.


     Lo que sí sorprende es que el presidente Peña, en lugar de proponerse dinamizar la alicaída economía nacional, mediante un proyecto renovado de apoyo a los distintos sectores productivos del país, se concentre en dinamizar… ¡la cocina mexicana!, según reciente anuncio oficial que pretende impulsar una nueva estrategia de crecimiento y desarrollo basada en el arte, ciertamente insuperable, de hacer gorditas, sopes, tlacoyos, tostadas borrachas, y demás variedad de nuestra deliciosa gastronomía. Cuando escucha uno este tipo de noticias, la verdad es que lo único que se alborota son las tripas que llaman a saciar hambre y antojos culinarios, pero no deja de ser vista como una idea-fuerza que retrata, inmejorablemente, el grado de “crisis en el manejo de la crisis” de que se hace gala en este gobierno.


     Por desgracia, México sigue siendo el país por excelencia en el que todo es posible que suceda, así sea que se trate de las más descabelladas ocurrencias de nuestros gobernantes. Somos únicos en ese sentido. Pero el problema está en que seguimos atorados en una descomunal desigualdad que amenaza, cada vez más, la precaria estabilidad social. Cuando las cosas se ponen “color de hormiga”, nuestras autoridades resultan más canijas que bonitas y apelan al heroísmo de nuestro pueblo que aguanta vara para todo; pero ya se sabe que cuando “el pueblo se cansa de tanta pinche tranza”, seguro se lanza contra viento y marea que pretenda su reposo. Así que, señores gobernantes, no le busquen tres pies al gato porque, luego, resulta que sí tiene cuatro. 



     Para terminar con este rollo que pretende hacer leña del árbol peñista caído, no tanto por morbosa actitud que dispensa un cuestionamiento a su peculiar política de pan y palo, sino por la necesidad de pugnar que vaya más allá de lo ordinario en la gestión de políticas públicas que en verdad necesitamos. Vale recordar que los grandes momentos de crisis reclaman una visión más amplia y comprometida con la historia que a cada jefe político de la nación le ha tocado, como cuando a principios del siglo pasado, ante la vorágine violenta del cambio, don Andrés Molina Enríquez pedía pensar y actuar en función de “los grandes problemas nacionales”. Hoy lo que persiste es el desparpajo y hasta el desplante tele-dramático de un gobierno que, de plano, mejor se consuela con el “mal de muchos”, con el consuelo de sonsos.          

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