Cuando ya no hay para dónde hacerse, cuando “la lumbre
llega a los aparejos”, sólo queda el recurso de culpar a los demás o salir con
el pretexto de que así andamos todos. Esto aplica para el gobierno mexicano que
ya no siente lo duro sino lo tupido, con tantas broncas que se le acumulan
cotidianamente y en todos los frentes. La operación política naufragando, la
economía en picada, la imagen internacional deteriorada y las expectativas del
conjunto de la sociedad cada vez más lejos de ser cumplidas cabalmente. En
suma, un panorama que se aprecia complicado para el país en el futuro
inmediato, toda vez que, ciertamente, hay una crisis que recorre el mundo, pero
que nos pega por partida doble por la endeble condición de atraso y
subdesarrollo (tanto económico como político) que arrastramos.
En tal
contexto, no es de sorprender que el presidente Peña Nieto aviente el arpa de
su delicada encomienda como jefe del Estado mexicano, justificándose con el
sobado recurso de lanzar la pelotita de los errores propios a otro lado. “A
otros países les va peor”, ha dicho para sortear las críticas a los embates de
la debacle económica. Como no sea que se refiera a economías crónicamente
débiles de algunos países perdidos en tierras ignotas, no parece muy propio
afirmar que estamos mejor que otras con características similares a la nuestra;
al contrario, chance y hasta quedemos a deber. Antes se decía: “México para los
chilenos y Chile para los mexicanos”, dando a entender que estábamos a la par
de ese país, por ejemplo; ahora sólo queda como eco de un albur ingenioso.
Lo que sí
sorprende es que el presidente Peña, en lugar de proponerse dinamizar la
alicaída economía nacional, mediante un proyecto renovado de apoyo a los
distintos sectores productivos del país, se concentre en dinamizar… ¡la cocina
mexicana!, según reciente anuncio oficial que pretende impulsar una nueva
estrategia de crecimiento y desarrollo basada en el arte, ciertamente
insuperable, de hacer gorditas, sopes, tlacoyos, tostadas borrachas, y demás
variedad de nuestra deliciosa gastronomía. Cuando escucha uno este tipo de
noticias, la verdad es que lo único que se alborota son las tripas que llaman a
saciar hambre y antojos culinarios, pero no deja de ser vista como una
idea-fuerza que retrata, inmejorablemente, el grado de “crisis en el manejo de
la crisis” de que se hace gala en este gobierno.
Por
desgracia, México sigue siendo el país por excelencia en el que todo es posible
que suceda, así sea que se trate de las más descabelladas ocurrencias de
nuestros gobernantes. Somos únicos en ese sentido. Pero el problema está en que
seguimos atorados en una descomunal desigualdad que amenaza, cada vez más, la
precaria estabilidad social. Cuando las cosas se ponen “color de hormiga”,
nuestras autoridades resultan más canijas que bonitas y apelan al heroísmo de
nuestro pueblo que aguanta vara para todo; pero ya se sabe que cuando “el
pueblo se cansa de tanta pinche tranza”, seguro se lanza contra viento y marea
que pretenda su reposo. Así que, señores gobernantes, no le busquen tres pies
al gato porque, luego, resulta que sí tiene cuatro.
Para
terminar con este rollo que pretende hacer leña del árbol peñista caído, no
tanto por morbosa actitud que dispensa un cuestionamiento a su peculiar
política de pan y palo, sino por la necesidad de pugnar que vaya más allá de lo
ordinario en la gestión de políticas públicas que en verdad necesitamos. Vale
recordar que los grandes momentos de crisis reclaman una visión más amplia y
comprometida con la historia que a cada jefe político de la nación le ha
tocado, como cuando a principios del siglo pasado, ante la vorágine violenta del
cambio, don Andrés Molina Enríquez pedía pensar y actuar en función de “los
grandes problemas nacionales”. Hoy lo que persiste es el desparpajo y hasta el
desplante tele-dramático de un gobierno que, de plano, mejor se consuela con el
“mal de muchos”, con el consuelo de sonsos.
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