miércoles, 15 de julio de 2015

Estado en ridículo

Estamos acostumbrados a escuchar -y padecer- que el Estado mexicano es  constantemente incapaz de proveer al bienestar de su población. Se alega con  frecuencia que la confrontación política impide que se acumulen esfuerzos  para “modernizar” a México y que, por eso, se retrasa el desarrollo nacional,  por la lucha de facciones de todo tipo: partidistas, religiosas, sindicales,  empresariales, comunitarias y otras más que impiden concentrar la fuerza  estatal en “lo esencial”, en hacer felices a los más mexicanos que se pueda.


Pero no se puede. Nuestro Estado tiene que estar perdiendo el tiempo, se dice,  en estar arbitrando conflictos interminables. Con ese pretexto, los personeros  del Estado mexicano se conforman con tan solo administrar -y mal- la “cosa  pública”. Gobernar en el sentido pleno del término es una quimera.


 Pero de allí a que el ejercicio del poder público se convierta en hazmerreír  de propios y extraños es otra cosa. Si no es posible cumplir al cien con tantos  problemas que afectan a la población, por lo menos se agradecería que hubiera  disposición, transparencia, honestidad y compromiso de atender de la mejor  manera los reclamos de la sociedad, sin caer, por supuesto, en triunfalismos, demagogias y, mucho menos, tentaciones de reprimir con la fuerza las  crecientes inconformidades. Eso sería una muestra de “autoridad”, también en  el sentido pleno de la palabra.


Pero cuando todo eso se pierde o pervierte, se  vuelve imposible apelar a que se muestre un esbozo de mínima respetabilidad  en las instituciones del Estado. De allí a plantearse “mandarlas al diablo”,  como dijera un clásico, siempre falta poco.


     En todo este contexto, la segunda fuga del Chapo Guzmán de un penal de  alta seguridad deviene en la expresión más clara de esa pérdida de autoridad y  respetabilidad que debiera encarnar el Estado mexicano. Por el contrario, el  hecho se presenta como el colmo de una realidad mexicana que ya no puede ser más tragicómica, como cumpliendo a pie juntillas el “dictum” aquel de que  “la historia siempre se repite dos veces, una como tragedia, la otra como  farsa”. La verdad es que ya no se sabe qué pensar de este hecho en el que lo  único cierto es el ridículo de las instituciones del Estado mexicano, en este  caso de las penitenciarías que, ya se sabe, padecen de una feroz corrupción.  Que el gabinete de seguridad diga que “sólo podía evadirse el Chapo con la  complicidad del personal carcelario”, es tanto como ya ni la burla perdonar.   



     El periodista Jesús Lemus narra en su libro “Los malditos. Crónicas desde  Puente Grande” (Colección “México Impune” de “Proceso”, número 2), cómo  varios internos de ese penal de alta seguridad ubicado en el estado de Jalisco,  describen la vida del Chapo mientras estuvo recluido en ese penal antes de que  escapara por primera vez, incluso desconociendo la famosa tesis del “carrito  de lavandería”. La conclusión de los diversos testimonios que recogió el  periodista es más que clara: el Chapo “era la mera autoridad en esa cárcel”.



Ahora, el mismo periodista desconfía de la versión gubernamental que refiere  la evasión por medio de un túnel que nadie pudo sospechar que se estuviera  construyendo, así como el recorrido en una motocicleta adaptada para llegar  hasta la bodega situada fuera del penal, porque se trata de ocultar algo más  elemental: el reo pudo salir por la puerta principal como si nada, porque en el México de la corrupción y la impunidad eso es perfectamente posible.



     En fin, para completar el cuadro, todo esto sucede cuando el presidente  Peña se va otra vez de viaje al extranjero con un amplio séquito de “gorrones”  y el país, de por sí a la deriva, se advierte como vació de autoridad más que  nunca. Como todo a estas alturas tiene necesarias implicancias de tipo  político, ya se busca al chivito que pague los platos rotos. Algunas voces  sugieren que sea el secretario de gobernación, Osorio Chong, para bajarlo del  caballo (de hacienda) en que iba corriendo para la sucesión presidencial. Sea o  no es una de las consecuencias políticas que arroje este nuevo episodio que  pone en ridículo al Estado mexicano, lo cierto es que se actualiza otra vez la  pregunta inevitable que surge a la confirmación de lo que el Estado en México  no es garante pleno de todos los derechos para todos los mexicanos, por  tanto… ¿tenemos Estado?

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