Decepcionante fue el primer debate de candidatos al
gobierno de la entidad potosina. Ya es del dominio público que varios de los
participantes ni siquiera saben leer y se muestran nerviosos. Pero esas son
cuestiones de forma. Lo más lamentable tiene que ver con el contenido. Para
empezar, llama la atención que se haya dejado de lado un eje temático elemental
y que representa la principal preocupación, la más inmediata para la mayoría de
la población, y es la que tiene que ver con la situación de la economía en
general y de las familias en particular. Tal vez por eso, queremos pensar que
de buena fe, es que algunos de los participantes medio metieron donde pudieron
temas tan importantes como la crisis del campo, la depreciación salarial, la
inversión para el desarrollo, la política de empleo, entre otros, o de plano,
ni siquiera los tocaron. Ya ni hablar de que buscaran interpelarse entre sí,
salvo algunos dardos lanzados por Eugenio Govea al “Calolo”, que fueron
olímpicamente ignorados. De allí en fuera, se dejaron escuchar los lugares
comunes que insisten en pergeñar los candidatos: que combatirán la corrupción,
que optimizarán los recursos públicos, que transparentarán sus acciones, que
garantizarán seguridad pública, que protegerán a los desvalidos, etcétera.
Tan
decepcionante fue este primer debate que hasta el arzobispo de la Iglesia
católica potosina, Jesús Carlos Cabrero Romero, fue directo y cuestionó su mala
calidad, poniéndole además el cascabel al gato: “esos ejercicios son así porque
los potosinos lo permitimos”. En efecto, los ciudadanos permitimos que ese
nivel de discurso y de debate sea el que prevalezca, porque no cuestionamos la
sarta de lugares comunes que se empeñan en recetar los candidatos. De remate,
como para poner las cosas en su lugar, el arzobispo Cabrero precisa que en ese
ejercicio “nadie gana”, porque de lo que se trata es de “presentar propuestas”
y no descalificaciones, bastante “chafas”, por lo demás. Habría que puntualizar
que tampoco se trata de que en esos eventos no se digan sus cosas los
candidatos, sería tanto como abstenerse de “ponerle sabor al caldo”, pero
pactar una “civilidad” entre contendientes que, por debajo de la mesa, están
más que puestos para hacer garras al adversario, no deja de ser un acto de buen
ánimo, en el mejor de los casos, para un momento y lugar determinados. Tan es
así que, de inmediato, sin el menor rubor, se utilizó el logo del organismo
electoral para difundir un sondeo que, presuntamente, daba el gane del debate a
uno de los candidatos.
¿Qué sigue después de este primer debate que
no fue lo que se esperaba? De entrada, cambiar el formato, como lo ha sugerido
el candidato “Calolo”, dejando espacio para réplica y contra-réplica cuando se
aluda directamente a uno de los participantes, sin necesidad de que tengan que
verse forzados a caer en la diatriba. Tal vez, bajo esas nuevas reglas, a lo
mejor sí se animan a contestar los dardos lanzados. De otra manera, ni modo de
firmar un nuevo acuerdo… de “in-civilidad”, para empujarlos a que se defiendan
de los señalamientos que les hacen y que, luego, no merecen más que el
silencio, sin reparar en que ese silencio fomenta la suspicacia del elector,
respecto de la veracidad de las acusaciones formuladas, independientemente de
que pueda ser una estrategia válida para evitar que se le busquen más pies al
gato. Incluso, si hasta se andan cayendo del atril a cada rato, podría pensarse
en un formato en el que pudieran estar cómodamente sentados, relajados.
En fin, el
punto que interesa destacar está en la necesidad de vislumbrar la capacidad de
reacción y respuesta adecuadas que puedan formular los candidatos en
situaciones inesperadas (y no tanto porque, se supone, debieran prepararse para
cuestionamientos difíciles como inevitables), puesto que ese mismo tipo de
circunstancias suelen presentarse -y hasta magnificarse- en el ejercicio de un
eventual mandato. Ojalá y que el siguiente debate sea la ocasión de
reivindicarse y demostrar si es cierto que, dicen, “como roncan, duermen”.
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