miércoles, 13 de mayo de 2015

El debate que no fue

Decepcionante fue el primer debate de candidatos al gobierno de la entidad potosina. Ya es del dominio público que varios de los participantes ni siquiera saben leer y se muestran nerviosos. Pero esas son cuestiones de forma. Lo más lamentable tiene que ver con el contenido. Para empezar, llama la atención que se haya dejado de lado un eje temático elemental y que representa la principal preocupación, la más inmediata para la mayoría de la población, y es la que tiene que ver con la situación de la economía en general y de las familias en particular. Tal vez por eso, queremos pensar que de buena fe, es que algunos de los participantes medio metieron donde pudieron temas tan importantes como la crisis del campo, la depreciación salarial, la inversión para el desarrollo, la política de empleo, entre otros, o de plano, ni siquiera los tocaron. Ya ni hablar de que buscaran interpelarse entre sí, salvo algunos dardos lanzados por Eugenio Govea al “Calolo”, que fueron olímpicamente ignorados. De allí en fuera, se dejaron escuchar los lugares comunes que insisten en pergeñar los candidatos: que combatirán la corrupción, que optimizarán los recursos públicos, que transparentarán sus acciones, que garantizarán seguridad pública, que protegerán a los desvalidos, etcétera.


     Tan decepcionante fue este primer debate que hasta el arzobispo de la Iglesia católica potosina, Jesús Carlos Cabrero Romero, fue directo y cuestionó su mala calidad, poniéndole además el cascabel al gato: “esos ejercicios son así porque los potosinos lo permitimos”. En efecto, los ciudadanos permitimos que ese nivel de discurso y de debate sea el que prevalezca, porque no cuestionamos la sarta de lugares comunes que se empeñan en recetar los candidatos. De remate, como para poner las cosas en su lugar, el arzobispo Cabrero precisa que en ese ejercicio “nadie gana”, porque de lo que se trata es de “presentar propuestas” y no descalificaciones, bastante “chafas”, por lo demás. Habría que puntualizar que tampoco se trata de que en esos eventos no se digan sus cosas los candidatos, sería tanto como abstenerse de “ponerle sabor al caldo”, pero pactar una “civilidad” entre contendientes que, por debajo de la mesa, están más que puestos para hacer garras al adversario, no deja de ser un acto de buen ánimo, en el mejor de los casos, para un momento y lugar determinados. Tan es así que, de inmediato, sin el menor rubor, se utilizó el logo del organismo electoral para difundir un sondeo que, presuntamente, daba el gane del debate a uno de los candidatos. 


     ¿Qué sigue después de este primer debate que no fue lo que se esperaba? De entrada, cambiar el formato, como lo ha sugerido el candidato “Calolo”, dejando espacio para réplica y contra-réplica cuando se aluda directamente a uno de los participantes, sin necesidad de que tengan que verse forzados a caer en la diatriba. Tal vez, bajo esas nuevas reglas, a lo mejor sí se animan a contestar los dardos lanzados. De otra manera, ni modo de firmar un nuevo acuerdo… de “in-civilidad”, para empujarlos a que se defiendan de los señalamientos que les hacen y que, luego, no merecen más que el silencio, sin reparar en que ese silencio fomenta la suspicacia del elector, respecto de la veracidad de las acusaciones formuladas, independientemente de que pueda ser una estrategia válida para evitar que se le busquen más pies al gato. Incluso, si hasta se andan cayendo del atril a cada rato, podría pensarse en un formato en el que pudieran estar cómodamente sentados, relajados.



     En fin, el punto que interesa destacar está en la necesidad de vislumbrar la capacidad de reacción y respuesta adecuadas que puedan formular los candidatos en situaciones inesperadas (y no tanto porque, se supone, debieran prepararse para cuestionamientos difíciles como inevitables), puesto que ese mismo tipo de circunstancias suelen presentarse -y hasta magnificarse- en el ejercicio de un eventual mandato. Ojalá y que el siguiente debate sea la ocasión de reivindicarse y demostrar si es cierto que, dicen, “como roncan, duermen”.

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