martes, 13 de enero de 2015

Dos crímenes


Jorge Ibargüengoitia escribió teatro, cuento y novela, en éste último género es dónde se le puede ubicar como uno de los autores más destacados por su estilo humorístico para contar historias dentro de la gran trama de la Historia nacional. Están los casos de “Los pasos de López” y “Los relámpagos de agosto”, que tienen como telón de fondo el movimiento de independencia de 1810 y la etapa obregonista de la revolución mexicana, respectivamente. En ambos casos, lo que resalta es el recurso satírico del autor para desacralizar a nuestros héroes de bronce, humanizarlos pues. A este gran escritor, don Julio Scherer buscó que uno de sus reporteros de “Proceso” le hiciera una entrevista con motivo de su abandono y hartazgo de la ciudad de México para radicar en el extranjero, allá por el año de 1978, según recuerda Armando Ponce, el reportero de cultura que recibiera esa encomienda y que tras haber sufrido desplantes y negativas del escritor acabó por mostrarse abatido con don Julio, indicándole que había fracasado en el intento y recibiendo del director de “Proceso” la frase que lograría confortarlo en la decepción de no haber podido entrevistar a su narrador favorito: “don Armando, que Ibargüengoitia vaya y chingue a su madre” (Revista “Proceso”, número 1993, 11 de enero de 2015).

Lo anterior viene a cuento, luego de que en estos días se han presentado acontecimientos ominosos para el desarrollo de la libertad de expresión, con la masacre de periodistas y caricaturistas del semanario satírico francés “Charlie Hebdo” y, por supuesto, con la sentida pérdida de un grande como don Julio Scherer. Lo que ha ocurrido en Francia pareciera un eco cercano de nuestra propia tragedia cotidiana, donde muchas voces críticas son silenciadas de manera violenta. La diferencia está en que la respuesta institucional a la crisis es de calidad y grado abismales. Allá las instituciones del Estado francés gozan de credibilidad entre los ciudadanos y, acá, ahora sí que “ni de chiste” se podría imaginar que el poder público represente con eficacia los intereses de la sociedad. Allá la solidaridad internacional se ha manifestado para con el pueblo y gobierno de Francia, mientras que en el caso mexicano, con la tragedia emblemática de los estudiantes de Ayotzinapa, lo que ha seguido es la condena cada vez más amplia y generalizada al gobierno. Dos crímenes de lesa humanidad que reclaman, entonces, la fortaleza de valores como la tolerancia, la democracia, la diversidad, el laicismo y otras libertades más que pongan en el centro la vida y dignidad de las personas.  


     En esta línea, es necesario precisar que hasta se puede ser “más papista que el Papa”, como cuando en uso de la libertad de expresión se abusa de ella y, por ejemplo, en México no faltan las voces que, pretendiendo hacer crítica, terminan por hacer el trabajo sucio de los grandes poderes fácticos; sólo hay que ubicarlos y ponerlos en contexto. Así, no faltan aquéllos que se duelen de que no se actúe de manera rápida y frontal contra los “anarquistas” que cuestionan el estado de cosas que prevalece en la vida pública mexicana, censurando los acuerdos que se pudieran desplegar entre las partes de un conflicto, precisamente por la carencia de un verdadero “Estado de Derecho”, llegando al extremo de escandalizarse por no poder aniquilar, mediante la violencia “legal”, a los que desafían una podrida institucionalidad. En Michoacán se ha dibujado, por ejemplo, el caso más dramático de la perversa actuación de los personeros del Estado, bajo esa línea “argumental”, cuando el comisionado Castillo llama a las “partes en conflicto” (que terminan siendo los varios grupos de autodefensa) a negociar los términos de… ¡su propia aniquilación!, no sólo como disolución de autodefensas, sino hasta de la propia existencia, sea alentando la confrontación que lleve a la muerte o al encarcelamiento de los dirigentes más “radicales”.



     En suma, el fantasma del terror que pretende coartar la libertad de expresión se despliega por todas partes y, en México, lamentablemente, es el pan de cada día en no pocos espacios de nuestra geografía. Lo que ha ocurrido en Francia y México debe mover a la reflexión sobre la urgencia de trascender el clima de odio e intolerancia que persisten en el ejercicio de esa libertad, incluso mediante el despliegue del humor irreverente que, sin caer en la mofa burda de la dignidad y el descrédito del otro, debe aceptarse como parte de nuestra diversidad para acometer la realidad, sobre todo si esa realidad es la que nos ha querido vender una versión mítica de la historia de y desde el poder. Ibargüengoitia decía: “nuestros héroes predilectos perdieron las guerras, los de segunda murieron a destiempo, los de tercera cometieron errores y fueron fusilados, y los grandes villanos murieron en su cama”. En su novela “Dos crímenes” se burla de sí mismo con desparpajo y, por lo pronto, me sirve para sintetizar los hechos terribles en Francia y México.

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