Pues vaya que fue un “final cardíaco” el de la
elección interna del PAN potosino para definir a su candidato a gobernador.
Luego de que no se pudo tener un ganador en la primera vuelta por mayoría
absoluta y se tuvo que recurrir a contar los votos de la segunda vuelta
“coincidente”, esto es, de los sufragios emitidos “el mismo día, en el mismo
lugar y con la misma gente”, de acuerdo con el ejemplo del método uruguayo de
elecciones, mejor conocido como “ley de lemas” (ley de partidos). Al momento de
redactar esta colaboración, aún no se sabía quién, de entre Alejandro Zapata y
Sonia Mendoza, se alzaría con la codiciada candidatura. La disputa por los
votos de Mario Leal se manifestó en un prolongado ejercicio de conteo en la
sede del comité estatal que, a no pocos militantes de ese partido, despertó
desde confusión hasta suspicacia de que se pudieran estar manipulando cifras a
favor o en contra de alguien.
Esta
suspicacia había sido ya sembrada con las denuncias públicas, antes de la
jornada comicial, por parte de Mario Leal, quien se refirió a la presunta
compra de conciencias al más viejo estilo clientelar que tanto ha cuestionado
este partido a lo largo de su historia. Advirtiendo que se podría judicializar
el resultado del proceso, Leal dejó la sensación de que no sólo era una
manifestación de impotencia ante su eventual derrota, sino la terrible sorpresa
por descubrir que, tras varios años de alejamiento de la grilla panista local,
su partido podría estar cojeando de las mismas prácticas que se cuestionaban al
viejo PRI. Tal parece que el ingeniero Leal Campos olvidó que en la democracia
mexicana “hasta el más chimuelo masca rieles” y, más tarde o más temprano se
puede terminar por sucumbir a sus “encantos”, a toda esa serie de movidas,
tranzas, jaloneos, amagues y demás prácticas propias de una clase política
nacional “sui géneris”.
Sea quien
fuere, entonces, candidato del PAN al gobierno potosino, tendrá que convencer a
su militancia, primero, de que ganó en buena lid a sus adversarios. Luego,
tendrá que convocar a la unidad partidista para enfrentar a un PRI que alardea
de lo propio, aunque ande rondando el fantasma de la ruptura con alguno que
otro de los diez que aceptaron, en principio, apoyar a Juan Manuel Carreras.
También será relevante que ese candidato defina las coordenadas de su relación
efectiva con los factores de poder dentro del panismo local y nacional, por
ejemplo Marcelo de los Santos y Gustavo Madero, respectivamente, sin menoscabo
de quienes representen intereses económico-empresariales de diverso rango e
influencia. En suma, cerrar filas para competir en serio con un PRI que cuenta
con un buen perfil de candidato y con la estructura electoral indispensable
para tratar de retener el cargo. Todo esto, además, mientras se definen los
candidatos de otros paridos que, igualmente, pueden ser competitivos si
presentan credenciales aceptables. Dar la batalla político- electoral, pues,
para beneficio de una ciudadanía que pueda tener alternativas más creíbles y
confiables para la emisión de su voto por cualquiera de todos los partidos.
Si gana
Sonia Mendoza, será interesante pulsar el ánimo social que pueda concitar la
posibilidad de tener una “mujer gobernadora”, formalmente, por supuesto, luego
de que la maledicencia pública señala que ya se ha pasado, informalmente, por
esa experiencia. Si gana Alejandro Zapata, será interesante ver hasta qué punto
ha experimentado de las derrotas anteriores y se coloca como aspirante fuerte
de un panismo tradicional que pretende superar, ya, el sobado peldaño de la
“brega de eternidad”. En fin, será cuestión de horas más, horas menos, que se
despeje la duda en el PAN; sea Sonia o sea Alejandro, se espera que contienda
con dignidad por la silla estatal.
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