Un
aniversario más de la violenta muerte de Luis Donaldo Colosio Murrieta se
cumplió este 23 de marzo. Como para documentar el pesimismo respecto de la
necesaria regeneración de la vida pública nacional, y en especial de la clase
política que se caracterizado por el abuso de prácticas que denigran a las
personas, el PRI nacional, a través de su comisión de justicia partidaria,
resolvió no expulsar de sus filas al distinguido ex-dirigente de ese partido en
el Distrito Federal, el conocido como “rey de la basura”, Cuauhtémoc Gutiérrez
de la Torre.
Las palabras que se han vuelto severo
recordatorio de la condición social mexicana, expresadas por el malogrado
político sonorense en aquel discurso del 6 de marzo de 1994, siguen vigentes,
como taladrando los oídos de esa clase política que, empero, como sintetizó
Carlos Salinas en su momento, no escucha ni ve los reclamos de la gente
inconforme. “Veo un México con hambre y sed de justicia”, dijo Colosio en
alusión al espejismo de la cacareada modernidad que ofrecía Salinas y que había
reventado como burbuja el primero de enero de ese año con el levantamiento
indígena en Chiapas.
Evidentemente, la visión de Colosio estaba
más allá de las broncas internas que en el PRI se vivían por el (des)control de
la sucesión presidencial. Su reclamo al propio sistema político tenía que ver
con lo que se conoce como “justicia social”, como reivindicación de la dignidad
de las personas, empezando por revertir su condición de parias, de excluidos
por siempre de cualquier posibilidad de progreso material y espiritual. El dedo
en la llaga de un sistema político agotado tendría consecuencias graves para la
estabilidad del país. El crimen político sentó sus reales y la economía se fue
a pique a fines de 1994 (“error de diciembre”, decían).
Ahora, la dirigencia nacional priista, a
propósito del caso Gutiérrez de la Torre, se afana en explicar que es un
ejemplo de que “no se actúa por consigna” a la hora de aplicar las normas
internas de justicia partidaria. Claro que no se actúa por consigna, faltaba
más. A Salinas decían que lo expulsarían por andarle jugando contras a Ernesto
Zedillo y por toda la secuela de escándalos en que sumió al PRI, entre ellos la
sospecha de que desde su círculo de intereses económico-políticos habría salido
la orden para sacrificar a Colosio (recuérdese el vocerío que incriminaba a
Salinas cuando se apersonó para una guardia de honor en el recinto… del PRI).
Gutiérrez de la Torre seguirá siendo rey
en su feudo porque el imperio que forjó, al amparo del poder político, resulta
indispensable para fortalecer las “fuerzas vivas” (así sea que a veces de pasen
de ídem) del PRI en el Distrito Federal y, por eso, hasta la madre de este
personaje ha sido puesta en los primeros lugares de las listas de diputados
plurinominales del partidazo. Tal parece que el escándalo de la presunta red de
prostitución auspiciada por este personaje es cosa menor, bajo el supuesto
legaloide de que no hay “imputaciones directas”, sino tan solo “voces
anónimas”, o séase, como ahora se dice, el tal Gutiérrez “no está imputado”… al
contrario, seguramente feliz.
Cecilia Soto, ex-candidata presidencial
del PT en 1994, dijo recientemente que “si Colosio viviera, reprobaría la
conducta de Cuauhtémoc Gutiérrez”, siendo seguida en esa apreciación por otras
respetables damas priistas como María de los Ángeles Moreno. Se dice que “el
hubiera no existe”, pero es dable imaginar que este país pudo tener otro
derrotero si no se hubiese ultimado a Colosio. En todo caso, queda como un
legado que debiera ser tenido como ejemplo de conducta su referencia a la
“cultura del esfuerzo”, que ahora muchos políticos reivindican como presunta
mística que guía la trayectoria de sus vidas, pero pocos honran en el ejercicio
del poder, así como la indignación por seguir en un México con hambre y sed de
justicia.
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