Así podrían ser identificados, sin mayores
sobresaltos, la mayoría de nuestros diputados locales, luego de negarse a citar
al gobernador formal, Fernando Toranzo, para que comparezca ante esa
“soberanía” a explicar tanto desmadre bien organizado que se ha desatado en los
últimos meses en el ejercicio de su mandato. Ciertamente puede no haber
disposición legal que obligue a llevar al gobernante, “a chaleco”, al Congreso
potosino, sino que tendría que ser consecuencia de un “arreglo” entre los
representantes de ambos poderes para que se pudiera dar un diálogo público con
respecto a los distintos ejes temáticos del contenido del quinto informe sobre
el estado que guarda la administración pública en la entidad potosina. Sin
embargo, ante el momento político que se vive en el país, con el
distanciamiento evidente entre gobernantes y gobernados, muy saludable sería
que la “autoridad” se mostrara con la mejor disposición para escuchar, ya no
digamos los reclamos de la sociedad potosina, sino a sus “representantes populares”.
Pero sucede que la negativa no vino del gobernador, sino de los propios
diputados que, una vez más, enseñaron el cobre, ahora con los más absurdos como
ridículos pretextos.
Para
empezar, tenía que ser el diputado Crisógono Sánchez quien pusiera el dato
jocoso: este legislador justificó esa negativa a citar al “gober”, dizque
porque sería tanto como ofender su investidura si no se le dispensara un trato
servil y obsequioso de parte de los “anfitriones”. Como ya se sabe que en “casa
del jabonero el que no cae resbala”, pues ni para qué arriesgarse a que la
fueran a regar, mejor “calladitos se ven más bonitos”. No faltó algún otro
legislador de “oposición” que insistiera en que sería un ejercicio inocuo ese
pretendido dialogo entre poderes, porque para disipar dudas están los secretarios
del gabinete torancista y con eso basta para cumplir con la bendita legalidad. El
remate vino de la bancada priísta, donde se atrevieron a ver “moros con
tranchete”, acusando a quienes promueven ese tipo de ejercicios democráticos de
algo así como “pretenciosos y protagónicos”, en clara alusión al promotor de
esa propuesta, el diputado Eugenio Govea, quien mejor debería de ir pidiendo la
comparecencia de Peña Nieto, según el decir de doña Rosa María Huerta,
coordinadora parlamentaria del PRI, como para que se vea que dicho legislador
anda alborotando la gallera nomás porque sí.
Con todos
estos desfiguros que cometen nuestros legisladores, ocurre que buena parte de
la “vox populi” procede a caracterizarlos como “agachones”, como dispuestos a
doblar la cerviz frente al titular del poder ejecutivo. Una derivación cómica
de ese tipo de comportamiento político-institucional, muy propio de cierta
clase política, como la que bautizó y recreó el caricaturista Eduardo del Río,
mejor conocido como “Rius”, con la célebre revista “Los agachados”, sucesora de
“Los supermachos”, donde se pueden encontrar los personajes detentadores del
poder político típicos de una sociedad como la nuestra: sumisos hasta la
ignominia con el de más arriba y abusivos a lo cañón con el de más abajo, en
una perversa distorsión de la jerarquía del poder “a la mexicana”. Sucede,
pues, que nuestros agachados legisladores allí están, más frescos que una
lechuga y puestos a lustrar los zapatos del titular del poder ejecutivo, no sea
que se vaya a molestar y termine por torcerles el brazo en sus aspiraciones políticas
inmediatas, toda vez que, si bien es poco probable que influya en su propia
sucesión, es posible que sí lo haga en otros cargos menores y, ya se sabe, en
política no es lo mismo lo posible que lo probable.
En la
cultura popular mexicana, cuando se habla de “agachados”, también suele hacerse
referencia a los comedores propios del pueblo, como esas taquerías donde pueden
degustarse exquisitos tacos de buche, hígado, maciza, sesos y demás partes
anatómicas del animal sacrificado para ese fin; lugares en los que la clase
política de “alto pedigrí” suele acudir con cierta vergüenza o a hurtadillas
como para que no se le confunda con la “chusma”. Generalmente, nuestros
agachados diputados no se aparecen por esos lares, excepto cuando andan en
campaña, como para que se vea que sí tienen roce con el populacho y comparten
hasta sus gustos culinarios. Como puede verse, la referencia incluso alimentaria
permite ubicar a nuestra clase política como caracterizada por sus moditos de
conducirse con respecto de la sociedad mexicana a la que dicen servir y representar.
Ni una cosa ni la otra, simplemente se trata de aparentar que están con la
gente, aunque realmente abominen de ella y, si se puede, hasta ponerse en
contra de ella. Eso sí, con el superior jerárquico, políticamente hablando,
están prontos a dar las gracias. Ni modo, así son, agachados y agachones, con
sus muy contadas excepciones (verso sin esfuerzo), claro está.
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