martes, 28 de octubre de 2014

Los agachados

 Así podrían ser identificados, sin mayores sobresaltos, la mayoría de nuestros diputados locales, luego de negarse a citar al gobernador formal, Fernando Toranzo, para que comparezca ante esa “soberanía” a explicar tanto desmadre bien organizado que se ha desatado en los últimos meses en el ejercicio de su mandato. Ciertamente puede no haber disposición legal que obligue a llevar al gobernante, “a chaleco”, al Congreso potosino, sino que tendría que ser consecuencia de un “arreglo” entre los representantes de ambos poderes para que se pudiera dar un diálogo público con respecto a los distintos ejes temáticos del contenido del quinto informe sobre el estado que guarda la administración pública en la entidad potosina. Sin embargo, ante el momento político que se vive en el país, con el distanciamiento evidente entre gobernantes y gobernados, muy saludable sería que la “autoridad” se mostrara con la mejor disposición para escuchar, ya no digamos los reclamos de la sociedad potosina, sino a sus “representantes populares”. Pero sucede que la negativa no vino del gobernador, sino de los propios diputados que, una vez más, enseñaron el cobre, ahora con los más absurdos como ridículos pretextos.


     Para empezar, tenía que ser el diputado Crisógono Sánchez quien pusiera el dato jocoso: este legislador justificó esa negativa a citar al “gober”, dizque porque sería tanto como ofender su investidura si no se le dispensara un trato servil y obsequioso de parte de los “anfitriones”. Como ya se sabe que en “casa del jabonero el que no cae resbala”, pues ni para qué arriesgarse a que la fueran a regar, mejor “calladitos se ven más bonitos”. No faltó algún otro legislador de “oposición” que insistiera en que sería un ejercicio inocuo ese pretendido dialogo entre poderes, porque para disipar dudas están los secretarios del gabinete torancista y con eso basta para cumplir con la bendita legalidad. El remate vino de la bancada priísta, donde se atrevieron a ver “moros con tranchete”, acusando a quienes promueven ese tipo de ejercicios democráticos de algo así como “pretenciosos y protagónicos”, en clara alusión al promotor de esa propuesta, el diputado Eugenio Govea, quien mejor debería de ir pidiendo la comparecencia de Peña Nieto, según el decir de doña Rosa María Huerta, coordinadora parlamentaria del PRI, como para que se vea que dicho legislador anda alborotando la gallera nomás porque sí.   


     Con todos estos desfiguros que cometen nuestros legisladores, ocurre que buena parte de la “vox populi” procede a caracterizarlos como “agachones”, como dispuestos a doblar la cerviz frente al titular del poder ejecutivo. Una derivación cómica de ese tipo de comportamiento político-institucional, muy propio de cierta clase política, como la que bautizó y recreó el caricaturista Eduardo del Río, mejor conocido como “Rius”, con la célebre revista “Los agachados”, sucesora de “Los supermachos”, donde se pueden encontrar los personajes detentadores del poder político típicos de una sociedad como la nuestra: sumisos hasta la ignominia con el de más arriba y abusivos a lo cañón con el de más abajo, en una perversa distorsión de la jerarquía del poder “a la mexicana”. Sucede, pues, que nuestros agachados legisladores allí están, más frescos que una lechuga y puestos a lustrar los zapatos del titular del poder ejecutivo, no sea que se vaya a molestar y termine por torcerles el brazo en sus aspiraciones políticas inmediatas, toda vez que, si bien es poco probable que influya en su propia sucesión, es posible que sí lo haga en otros cargos menores y, ya se sabe, en política no es lo mismo lo posible que lo probable.


     En la cultura popular mexicana, cuando se habla de “agachados”, también suele hacerse referencia a los comedores propios del pueblo, como esas taquerías donde pueden degustarse exquisitos tacos de buche, hígado, maciza, sesos y demás partes anatómicas del animal sacrificado para ese fin; lugares en los que la clase política de “alto pedigrí” suele acudir con cierta vergüenza o a hurtadillas como para que no se le confunda con la “chusma”. Generalmente, nuestros agachados diputados no se aparecen por esos lares, excepto cuando andan en campaña, como para que se vea que sí tienen roce con el populacho y comparten hasta sus gustos culinarios. Como puede verse, la referencia incluso alimentaria permite ubicar a nuestra clase política como caracterizada por sus moditos de conducirse con respecto de la sociedad mexicana a la que dicen servir y representar. Ni una cosa ni la otra, simplemente se trata de aparentar que están con la gente, aunque realmente abominen de ella y, si se puede, hasta ponerse en contra de ella. Eso sí, con el superior jerárquico, políticamente hablando, están prontos a dar las gracias. Ni modo, así son, agachados y agachones, con sus muy contadas excepciones (verso sin esfuerzo), claro está.    

       

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