El conflicto socio-político provocado por la
desaparición de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, y la
errática conducción del gobernador de esa entidad federativa, Ángel Aguirre,
plantean la necesidad de considerar ya, seriamente, la instrumentación jurídica
plena a de la “revocación de mandato”; esto es, de la posibilidad de la
destitución de un mal servidor público de elección popular, mediante la
consulta a la ciudadanía. En el caso que nos ocupa, resulta hasta de mal gusto,
cual broma trágica, que el gobernador Aguirre haya solicitado al INE (Instituto
Nacional de Elecciones) que le “organizara” una consulta revocatoria, a
sabiendas que dicho organismo electoral se negaría, toda vez que no existe
regulación específica para esa situación y nuestras autoridades sólo pueden
hacer lo que la ley les permite. Con tal negativa “institucional”, el gobernador
Aguirre pudo hasta presentarse como un servidor público “responsable”, al poner
sobre la mesa su “renuncia” si el pueblo se lo pidiera… por el camino de una
legalidad tortuosa que, ya sabemos, no siempre es el camino que lleva a la
justicia.
Por el contrario,
la clase política que detenta el control de las principales fuerzas partidistas
salió a la defensa de uno de los suyos, “argumentando” que más importante que
esa “renuncia” del gobernador es la búsqueda y localización de los estudiantes
desaparecidos, practicando una vez más el “arte de mentir, incluso con la
verdad” (Pablo González Casanova, dixit), toda vez que, ciertamente, lo más
urgente es encontrar con vida a los normalistas desaparecidos, pero eso no se
opone a que un gobernador tan cuestionado se haga a un lado para, por lo menos,
facilitar la suma y coordinación de esfuerzos en ese propósito. El PRI lo
quiere en su cargo para que siga desgastando al partido en el poder de esa
entidad federativa, léase el PRD; mientras que éste partido también lo arropa
porque sería dejar la puerta abierta para perder por anticipado el poder en ese
estado. El PAN, por su parte, también tratando de sacar raja del conflicto,
pide la desaparición de poderes, abominando de la ingobernabilidad y la
violencia que han escalado en Guerrero, olvidando que con Calderón se hizo lo
propio en el país entero.
Ahora, las
dirigencias partidistas se ponen también en el plan de lavarse la cara,
ofreciendo revisar con cuidado las trayectorias y antecedentes de sus próximos
candidatos a cargos de elección popular, dizque para evitar que se cuelen
personajes que luego resultan “non gratos”, pero nada dicen de promover que se
regule la revocación de sus mandatos. Se trata de que siga siendo una minoría
política la que resuelva, de manera burocrática, sobre la responsabilidad del
mal ejercicio del poder público y no de que la mayoría social ejerza de manera
continua su poder para calificar -y castigar- anticipadamente, el mandato que
ha depositado en un servidor de elección popular. Un ejemplo claro de cómo se
las gasta nuestra clase política para desentenderse de estas cosas, es lo que
recién ha ocurrido en la entidad potosina, cuando en el colmo de la burla y el
cinismo, la mayoría de los diputados locales se atrevieron a proponer una
iniciativa para otorgarse sus pensiones
por los invaluables servicios prestados a nuestra patria chica. Como ya es el
sello de la casa, pronto recularon de su despropósito. Eso sí, ni pensar en
andar legislando sobre cosas raras, como la tal revocación de mandato.
Este desliz
en que incurrieron nuestros legisladores locales es la típica forma en que se
manifiesta esa “democracia totalitaria” de que hablaba Juan Jacobo Rousseau,
cuando consideraba que “una ley es tal sólo para quien la haya hecho o la haya
aprobado, para todos los demás será un mandamiento o una orden”, en tanto que
“el pueblo cree que es libre, pero se encuentra encadenado por todas partes”,
en alusión al engaño que resulta de considerar que el mandato que se otorga,
“libremente”, a quien representa los intereses del ciudadano, termina en el
acto mismo de sufragar, de emitir el voto cada cierto tiempo, por lo demás. Ya
no digamos que, también, comúnmente se confunde ese mandato con “delegación”
del poder ciudadano. Por tanto, ¿cómo esperar que nuestros representantes
populares se pongan a legislar sobre la revocación de mandato? “Ni que no
fueran tan penitentes”.
Volviendo
al caso del conflicto en Guerrero: el gobernador tendrá que irse, más temprano
que tarde, porque la clase política no puede darse el lujo de estirar más la
cuerda de la irritación social, sin correr el grave riesgo de que se reviente
con consecuencias aún más graves para todo el país. Es el momento, pues, de
exigir que, entre otras cosas, se cumpla con el derrotero democrático que dicen
impulsar, incluyendo ya la revocación de mandato para sancionar el mal
ejercicio del poder público, practicando el arte de “mandar, obedeciendo”.
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