miércoles, 28 de octubre de 2015

Ven la tempestad…

La clase política gobernante en México es peculiar por su persistente vocación mezquina y depredadora. Ni ante la inminencia de la desgracia social sus personeros son capaces de sumar esfuerzos. A todo se pretende sacarle raja política. El paso del huracán “Patricia” se esperaba de consecuencias más graves y resulta que, afortunadamente, los daños fueron menores por haberse degradado su impacto. Cosas de la bendita naturaleza. Sin embargo, ya el gobierno federal hace alarde publicitario de haber actuado con acierto y responsabilidad para evitar tragedias… precisamente allí donde se llevará a cabo la elección extraordinaria de gobernador, en el estado de Colima, luego de haber sido anulado por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (Trife) el proceso comicial del pasado 7 de junio, por diversas irregularidades que involucran directamente al gobernador saliente Mario Anguiano.


     Resulta que cuando el presidente Peña Nieto acudió a recorrer la zona afectada por el paso de “Patricia” en el estado de Colima y se percató de la presencia del senador Jorge Luis Preciado en la comunidad de “Playa Paraíso”, ni tardo ni perezoso se dirigió a quien, por lo demás, es el candidato panista a gobernador, para espetarle: “¿andas en campaña o estás ayudando?” (“La Jornada”, 25 de octubre de 2015). Por supuesto que Preciado no es una perita en dulce y si por algo se le recuerda es por sus excesos en la propia sede del Senado, donde no hace mucho celebró el cumpleaños de su esposa y al ritmo del mariachi pidió que le cantaran -a él- “el rey de chocolate”, por aquello de su característica “nariz de cacahuate”. Más en serio, hay que recordar que Preciado es harto conocido como “el (otro) rey del moche”, por aquello de ofrecer sus “buenos oficios” para “bajar” apoyo federal a cambio de una lana (el otro panista que le disputa ese “honor” es Alberto Villarreal).


     Con tales antecedentes, es entendible que el presidente Peña Nieto advirtiera a Preciado que no pretendiera hacer “ronchita” con la desgracia de la gente, pero no deja de llamar la atención que el propio presidente se suba al ring, con un adversario de menor peso político, si no es para incurrir en lo mismo que cuestiona. A pesar de la negativa de Preciado al señalamiento del presidente, éste fue enfático en acotar que las tareas de reconstrucción por el paso del huracán estarán a cargo del gobierno federal porque… “en la parte política ni me meto” (ajá).  Por lo demás, tal parece que el llamado de Peña a Preciado topó con gruesa pared, ya que según la crónica periodística señalada, el senador panista se dejaba ver y querer por doquier, festejando jubiloso los gritos de la gente que se referían a su persona como “Preciado, mi próximo gobernador, chingao!”.



     En el reciente aniversario del devastador terremoto que sacudió la ciudad de México en 1985, quedó clara la lección: un gobierno que se paraliza ante la tragedia está condenado a verse rebasado de inmediato por la sociedad civil y, por supuesto, con un alto costo político por incumplir con su responsabilidad social. Tal vez, por eso, ahora la clase política que nos “gobierna” se mueve más rápido para, por lo menos, aparentar que algo se hace y, obviamente, evitar que los adversarios “le coman el mandado”. Es lamentable, pero se trata de una realidad presente. Baste recordar tantas imágenes de presidentes, gobernadores y alcaldes con el agua, literalmente, hasta el cuello, en mangas de camisa uniendo sus manos a las del pueblo o con las botas cubiertas de lodo para que la foto de su involucramiento en la desgracia tenga impacto mediático, así sea que, luego, procedan de inmediato a lavarse el cuerpo porque temen correr el riesgo de “infectarse” o “mancharse” por andarse mezclando con tanto miserable. “Son manchados”, dice la raza. Por eso, como bien reza el dicho, hay políticos que, de plano, “ven la tempestad… y no se hincan”.

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