Jaime Rodríguez Calderón, mejor conocido como “El
Bronco”, es el recién estrenado gobernador de Nuevo León. Llega a ese (en)cargo
público con las más grandes expectativas sociales que despertó su condición de
“candidato independiente”, así como su estilo frontal y directo para llamar a
las cosas por su nombre. Ha iniciado con “bombo y platillo” su mandato,
alardeando que no será como sus antecesores: entre indolentes y ladrones, sino
que gobernará, dice, “para la raza”, es decir, para el pueblo noble que sigue
esperando se le tome realmente en cuenta y se le haga justicia en sus legítimos
reclamos.
Por lo
pronto, ya mandó cerrar la casa de gobierno por considerar que se trata de un
lujo que no puede darse su gobierno, así como echar a la basura la silla que
ocupaba el ex-gobernador Rodrigo Medina en palacio de gobierno, emulando a
Emiliano Zapata cuando rehusó sentarse en la silla presidencial que le ofrecía
Villa por considerar que ese tipo de muebles están “malditos” porque vuelven
locos a los gobernantes. Hasta aquí, está bien que inicie con enjundia “El
Bronco”, la raza se lo agradece porque propicia el desahogo de la “muina”
colectiva por tanto desgobierno padecido allí en el último sexenio.
Sin
embargo, es inevitable que también se presenten dudas razonables acerca de los
alcances que pudiera tener la política “bronca” de Jaime Rodríguez, toda vez
que, como sociedad, ya hemos pasado por un desencanto generalizado cuando,
guardadas las proporciones, se tuvo con Vicente Fox, en la presidencia de la
República, la expectativa de un gobierno distinto al de las “víboras prietas”,
“tepocatas” y demás alimañas que, decía, caracterizaban el viejo régimen
priísta contra el que lanzó su exitosa cruzada para sacarlo de “Los Pinos”.
El fracaso
del gobierno foxista es harto conocido y, junto con eso, el fracaso del bono
democrático que significó la alternancia en el poder presidencial, en buena
medida por mantener en pie las viejas prácticas del antiguo régimen priísta que
tanto se cuestionaban, sobre todo en materia de negocios para unos cuantos
políticos y potentados que aprovecharon que “el de las botas” andaba siempre
medio “entoloachado” por la señora Marta Sahagún, con quien compartía el mando.
Recuérdese que Fox mismo ubicó a su gobierno como “de, por y para empresarios”.
Con esos
antecedentes, obviamente que la raza desconfía pero le concede el beneficio de
la duda a “El Bronco”, personaje que tendrá que lidiar con ese dualismo que
Antonio Gramsci identificaba como “el optimismo de la voluntad” y “el pesimismo
de la razón”. Tendrá también que ser más específico en la definición de lo que
implica “la raza” como sujeto social al que dirige su discurso porque, hasta el
momento, como observa Abraham Nuncio, “la raza” con la que se ha reunido para
tomar decisiones y acuerdos es la de los representantes de las grandes
organizaciones empresariales norteñas y no “la raza” obrera, campesina,
magisterial, universitaria o de cualquier otro sector social, con fines
programáticos y no de simple baño de pueblo (“La Jornada”, 13 de octubre de
2015).
En fin,
como quiera que sea, “El Bronco” ya está instalado como gobernador de Nuevo
León, una de las entidades federativas más importantes de México por el tamaño
de su economía y por la influencia política de sus grupos empresariales en el
conjunto del país; de allí que, incluso, se empiece a especular con la
posibilidad de que pudiera ser un fuerte aspirante a la candidatura
presidencial en 2018, tal vez de manera independiente o mediante el cobijo de
algún partido. El asunto es que, “la raza” en general, esa que don Eulalio
González, mejor conocido como “El Piporro”, celebrara en sus inigualables
películas como la gente noble y de bien, sea la que tenga la última palabra con
respecto a las expectativas generadas por la política “sui géneris” de Jaime
Rodríguez, mejor conocido como “El Bronco”.
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