miércoles, 14 de octubre de 2015

¡Ah raza!



Jaime Rodríguez Calderón, mejor conocido como “El Bronco”, es el recién estrenado gobernador de Nuevo León. Llega a ese (en)cargo público con las más grandes expectativas sociales que despertó su condición de “candidato independiente”, así como su estilo frontal y directo para llamar a las cosas por su nombre. Ha iniciado con “bombo y platillo” su mandato, alardeando que no será como sus antecesores: entre indolentes y ladrones, sino que gobernará, dice, “para la raza”, es decir, para el pueblo noble que sigue esperando se le tome realmente en cuenta y se le haga justicia en sus legítimos reclamos.


     Por lo pronto, ya mandó cerrar la casa de gobierno por considerar que se trata de un lujo que no puede darse su gobierno, así como echar a la basura la silla que ocupaba el ex-gobernador Rodrigo Medina en palacio de gobierno, emulando a Emiliano Zapata cuando rehusó sentarse en la silla presidencial que le ofrecía Villa por considerar que ese tipo de muebles están “malditos” porque vuelven locos a los gobernantes. Hasta aquí, está bien que inicie con enjundia “El Bronco”, la raza se lo agradece porque propicia el desahogo de la “muina” colectiva por tanto desgobierno padecido allí en el último sexenio.


     Sin embargo, es inevitable que también se presenten dudas razonables acerca de los alcances que pudiera tener la política “bronca” de Jaime Rodríguez, toda vez que, como sociedad, ya hemos pasado por un desencanto generalizado cuando, guardadas las proporciones, se tuvo con Vicente Fox, en la presidencia de la República, la expectativa de un gobierno distinto al de las “víboras prietas”, “tepocatas” y demás alimañas que, decía, caracterizaban el viejo régimen priísta contra el que lanzó su exitosa cruzada para sacarlo de “Los Pinos”.


     El fracaso del gobierno foxista es harto conocido y, junto con eso, el fracaso del bono democrático que significó la alternancia en el poder presidencial, en buena medida por mantener en pie las viejas prácticas del antiguo régimen priísta que tanto se cuestionaban, sobre todo en materia de negocios para unos cuantos políticos y potentados que aprovecharon que “el de las botas” andaba siempre medio “entoloachado” por la señora Marta Sahagún, con quien compartía el mando. Recuérdese que Fox mismo ubicó a su gobierno como “de, por y para empresarios”.


     Con esos antecedentes, obviamente que la raza desconfía pero le concede el beneficio de la duda a “El Bronco”, personaje que tendrá que lidiar con ese dualismo que Antonio Gramsci identificaba como “el optimismo de la voluntad” y “el pesimismo de la razón”. Tendrá también que ser más específico en la definición de lo que implica “la raza” como sujeto social al que dirige su discurso porque, hasta el momento, como observa Abraham Nuncio, “la raza” con la que se ha reunido para tomar decisiones y acuerdos es la de los representantes de las grandes organizaciones empresariales norteñas y no “la raza” obrera, campesina, magisterial, universitaria o de cualquier otro sector social, con fines programáticos y no de simple baño de pueblo (“La Jornada”, 13 de octubre de 2015).


     En fin, como quiera que sea, “El Bronco” ya está instalado como gobernador de Nuevo León, una de las entidades federativas más importantes de México por el tamaño de su economía y por la influencia política de sus grupos empresariales en el conjunto del país; de allí que, incluso, se empiece a especular con la posibilidad de que pudiera ser un fuerte aspirante a la candidatura presidencial en 2018, tal vez de manera independiente o mediante el cobijo de algún partido. El asunto es que, “la raza” en general, esa que don Eulalio González, mejor conocido como “El Piporro”, celebrara en sus inigualables películas como la gente noble y de bien, sea la que tenga la última palabra con respecto a las expectativas generadas por la política “sui géneris” de Jaime Rodríguez, mejor conocido como “El Bronco”.


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