La nueva embestida propagandística del gobierno
federal puede (a)parecer como para jalarse los cabellos del copete, pero
tampoco es desdeñable, por lo menos para re-plantear un problema tan complejo
como el del sector llamado “informal” de la economía mexicana: invita a los trabajadores
comúnmente identificados como “ambulantes”, a que “regularicen” su situación
mediante su incorporación “voluntaria” al sistema formal-legal mexicano, con la
promesa de que van a gozar de las bondades de la seguridad social, de acceso a
vivienda digna, de créditos para impulsar negocios productivos y para el consumo,
etcétera, casi el paraíso, pues, como para que nadie en su sano juicio se haga
de la boca chiquita.
Se oye
bonito, sin duda, y ni quien proteste cuando se le habla así al oído. Sin
embargo, acostumbrados a la demagógica miel que cada gobierno se empeña ofrecer
en su mandato, la clase trabajadora difícilmente puede hacerse ilusiones de que
su mundo cambie de la noche a la mañana, sobre todo si se pretende tener a esa
masa de trabajadores como “clase”, no sólo porque éste se tiene como un término
“desgastado”, sino porque implicaría reconocer que sigue siendo válido
utilizarlo para comprender mejor la naturaleza de la explotación que se impone
con un sistema de acumulación de capital que, por cierto, tampoco se le quiere
seguir llamando como “capitalista” porque eso implicaría aceptar, por lo menos
como utopía, la posibilidad de contar con un modo de producción alterno, sino
“neoliberal”.
Pero el
punto que interesa destacar aquí es que esta oferta gobiernista no es tan
nueva, sino que se trata de una gata más que revolcada: recuérdese que con el
inefable Vicente Fox se ofrecía “vocho, tele y changarro” para una “clase media”
que veía cada vez más acotados sus horizontes de movilidad y, finalmente,
resultó un fiasco. A lo más que llegó Chente fue a regalar botas piratas de su
propia marca que, luego, sirvieron para la chacota popular, como cuando se
coreaba aquel chascarrillo (misógino, por lo demás) que contaba la historia de
un sujeto que llegó al domicilio conyugal y encontró unas botas picudas debajo
de la cama matrimonial, que no eran las suyas, por supuesto, preguntando a la
esposa qué hacían esas chanclas allí, a lo que la dama respondió presurosa,
“viejo, qué mala memoria tienes, son las que nos regaló Fox, acuérdate que
somos foxistas”. El ofrecimiento del paraíso foxista quedó en mero choro del
guanajuatense, ya que el desempeño de la economía siguió siendo mediocre y ni
en sueños podía pensarse en alcanzar tasas de crecimiento de hasta 7 u 8 por
ciento anual del PIB que, decía, se lograría con su gobierno. En suma, la
informalidad continuó expandiéndose porque se trata de un problema
“estructural” (ya que está de moda el término), y no de simple voluntarismo del
gobernante.
Por
supuesto que la regulación del sector informal de la economía es indispensable,
empero, no hay que perder de vista que por ello debe entenderse algo más que
“ambulantaje” o comercio callejero, así como tener claro que la legalidad
formal es, precisamente, una forma de ocultar la realidad concreta de las
relaciones sociales productivas, toda vez que la concurrencia de bienes y
servicios en un mercado depende de un valor de cambio asignado por la
correlación de fuerzas existente entre agentes económicos determinados.
Una postura
extrema, que se ha vuelto clásica en la literatura sobre este tema, es la de
Hernando de Soto en su obra “El otro sendero”, donde analiza la enorme carga
burocrática que implica el paso al sector formal y que, generalmente, en países
subdesarrollados como el nuestro, termina por desalentar el intento de los
informales por convertirse a esa “legalidad”, cuestionando que también dentro
de la “formalidad” se dan comportamientos ilegales de parte de ciertos agentes
productivos y/o económicos, planteando que debiera hasta evitarse cualquier
regulación estatal que, por lo demás, se vuelve inocua en ciertos contextos
como el de la incesante pobreza, marginación y desempleo que alimentan los ejércitos
de reserva del capital, esa sobrepoblación relativa que siempre buscará como
subsistir a falta de ocupación “formal”.
Decíamos en
principio que, aunque jalada de los cabellos, podría ofrecer otro sendero
interesante la propuesta gobiernista si primero se combatiera, en serio y de
fondo, la corrupción rampante que ahoga cualquier esfuerzo personal o colectivo
por buscar horizontes de subsistencia legalmente válidos, de tal suerte que
toda esa cauda de ofrecimientos institucionales para que la gente informal se
regularice, en verdad tenga éxito. De lo contrario, se corre el riesgo cierto
de que sea una medida populista más para administrar la pobreza y contener el
malestar social. Los “changarros” del señor Fox no sirvieron para maldita la
cosa y, ahora, el paraíso peñista se muestra bastante ilusorio si no se
acompaña de algo más que buenas intenciones no electoreras. Ya veremos, dijo un
ciego.
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