miércoles, 10 de junio de 2015

Saldos electorales

Los resultados que arroja el proceso electoral intermedio de este 2015 son alentadores para una ciudadanía que, ciertamente, no era arisca pero se volvió harto desconfiada de las instituciones políticas, señaladamente la concentrada en las élites partidarias por considerar que no la representan, por lo menos no como debieran. De entrada, es encomiable que la gente saliera a votar, a pesar del clima de violencia que se vive en varias entidades federativas y de temor auspiciado por algunos actores políticos que se vieron perdidos de antemano en otras. Históricamente, la participación en este tipo de elección ha estado en promedios cercanos al 50 por ciento de la lista nominal de electores y, considerando esas condiciones de inestabilidad, miedo y desencanto previas al proceso, pues es aceptable (más no debe tomarse como “la normalidad” a que habría que acostumbrarse) que no haya disminuido a niveles más bajos que, también, ya antes (2009) se han registrado. En suma, se aprecia que la ciudadanía se involucra, cada vez más, para ejercer su derecho a votar el día de la jornada comicial de manera razonada, con independencia, incluso, del curso que puedan seguir las campañas.
     

Por otra parte, queda claro que se consolida un pluralismo más competitivo, descansando entre tres o cuatros grandes fuerzas partidistas que, a su vez, dependen en buena medida del arrastre que concitan las personalidades de los candidatos que postulan, presentándose en no pocos casos el fenómeno del carisma que se impone a una rígida como endeble institucionalidad partidaria. También se aprecia que la intensidad de las campañas negras puede ser contraproducente en un ambiente de hartazgo ciudadano que, por el contrario, reclama soluciones específicas y concretas para el gran cúmulo de problemas que se viven cotidianamente. Los intereses colectivos han terminado por imponerse, como lógica utilitarista del voto, a los incentivos selectivos que se concentran en unos cuantos beneficiarios del poder público; esto es, que la gente rechaza que “los mismos de siempre” sean los eventuales “ganones” de un proceso en el que figuran como padrinos o apoyadores tras bambalinas de los candidatos. La gente exige que quien la gobierne o represente se comprometa con ella y solo con ella.


     Es de resaltar, por supuesto, el hecho de que una gubernatura sea ganada por un candidato postulado por la vía independiente, así sea que sus antecedentes tengan que ver con una trayectoria de participación política partidista, como es el caso de Jaime Rodríguez, mejor conocido como “El Bronco”, en el estado de Nuevo León. En adelante, las dirigencias partidistas tendrán que sopesar el riesgo cierto de una grave división o dispersión de sus bases de apoyo si no se postula el mejor perfil que demandan los ciudadanos-electores, y no sólo un grupo de interés o de presión intra-partidista. Por supuesto que tendrá que revisarse el medio legal para flexibilizar este tipo de opción para los ciudadanos que no tienen ese antecedente político-partidista y, en general, las legislaciones locales para facilitar el ejercicio de esta figura.



     En cuanto a la composición camaral que surge en el plano nacional con la correlación de fuerzas partidistas que resulta de esta elección, se tiene un escenario en el que la mayoría de escaños son para el PRI, pero se trata de una mayoría relativa que solo podrá ser absoluta con sus aliados del Partido Verde y el Panal, situación que se antoja como de mayor encarecimiento de esos partidos satélites para vender caro su amor al PRI y, además, sobre todo del Verde, de seguir incurriendo en excesos y violaciones a la legalidad electoral, de allí que se insista en la necesidad de una enésima reforma electoral que corrija esos -y otros- entuertos. En el plano local, como sería el caso potosino, se presenta una situación similar, pero más complicada porque ni sumados los votos de esos aliados en el legislativo podría contarse con la mayoría absoluta, situación que obligará a un proceso de acuerdo y negociación política más equilibrado, esperando que sea para beneficio de una democracia que ha sido avasallada por el peso de una clase política rapaz como desmemoriada (por aquello de que pronto se les olvidan los compromisos que alguna vez hicieron con el pueblo).   

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