martes, 11 de noviembre de 2014

El Estado cansado

Lo que faltaba. En medio de la tragedia nacional, los personeros del Estado mexicano se dan tiempo para desdeñar el dolor de sus gobernados. El presidente Peña Nieto prefiere agarrar monte y mejor se va a la… China, mientras que el procurador Murillo dice que, de plano, ya se cansó. ¿Quién y qué falta para completar el cuadro? Desde que Felipe Calderón (Fecal) declaró, a lo sonso, la “guerra” a la delincuencia organizada, pudo advertirse con meridiana claridad la fatiga que acuciaban las instituciones del Estado mexicano. La procuración e impartición de justicia en ese sexenio se caracterizaron por la selectividad, corrupción e impunidad, y ese despliegue de fuerza de que hacía gala el Estado fue, literalmente, más de pantalla que de organización estratégica para recuperar la confianza del ciudadano en su gobierno. El saldo de tan sangriento proceder es harto conocido como escandaloso: más de cien mil muertos y veinte mil desaparecidos. ¿Cómo no imaginar que se había llegado a una descomposición grave de las instituciones del Estado mexicano con tan terribles resultados que, “ex post”, al propio Fecal horrorizaron?


     Con el inicio del nuevo gobierno de Peña Nieto, también se sabe, se buscó bajar el impacto mediático de la crisis de (in)seguridad pública, como si con esa medida bastara para tranquilizar a la gente. La clase política se regodeó, para entonces, en festinar un pacto inter-partidista que permitiera sacar adelante las mentadas “reformas estructurales” que, ahora sí, dizque modernizarían a México. Pero, ¡lástima Margarito!, la barbarie se hizo presente de nuevo y el discurso maniobrero del actual gobierno se vino abajo. De allí al “ya me cansé”, del procurador de justicia, no hacía falta gran trecho. En efecto, la promesa de una institucionalidad pretendidamente republicana y democrática del Estado mexicano se agotó, rápidamente, en este sexenio. De allí, también, la urgencia por darle carpetazo a un asunto que se ha convertido en pesada losa para el actual gobierno federal. Se pueden seguir cacareando las reformas estructurales, pero el malestar social no podrá mitigarse en el corto plazo, ni siquiera con otro pacto palaciego que, ahora, se propone reeditar, porque el problema es la abismal distancia que hoy separa a la sociedad mexicana de “su” Estado (o viceversa).  

  
     Hasta para “mentir, incluso con la verdad”, los personeros del Estado se hallan harto cansados. Dicen que “Iguala no es el Estado”, pero lo acontecido allí es la expresión más gráfica de la descomposición de ese poder de dominación que se ha puesto por encima de la sociedad mexicana y que se ha vuelto en contra de ella, parafraseando un clásico de Federico Engels. Es, en todo caso, lo que ahora se conoce como “la punta del iceberg” que nos tiene hundidos. Hay que tener presente que el gobierno federal evitó hacerse responsable, los primeros diez días, de lo acontecido en Iguala, bajo el argumento legaloide de que le correspondía a los poderes locales hacerse cargo de la tragedia. El centralismo político, tan preciado por el gobierno de Peña Nieto, brilló por su ausencia hasta que no pudieron hacerse más tiempo patos y tuvieron que admitir, en los hechos, que “Iguala sí es el Estado”, como antes lo ha sido Michoacán, por ejemplo. Las precondiciones y los precipitantes de la tragedia tienen que ver, por supuesto, con toda una historia de abandono de la responsabilidad social del Estado mexicano, así como de su “moderna” orientación neoliberal en favor de los intereses del gran capital financiero internacional, depredador y especulativo, que hace de países subdesarrollados, como el nuestro, el más preciado botín económico.


     Tal vez, la mejor caracterización del actual régimen gobernante es la que refiere López Obrador en su más reciente libro, tildando de “neo-porfirismo” a ese conjunto de prácticas de que hace gala el gobierno federal para someter a una sociedad cada vez más cansada de los desatinos de sus gobernantes y representantes populares. Bajo esa premisa, se tiene que en los albores del siglo pasado era el “mátalos en caliente” para reprimir la protesta obrera y campesina; también se decía que el pueblo estaba “listo para ejercer la democracia” y en los hechos se le negaba (como ahora ocurre con las famosas consultas populares); igual, con el pretexto de modernizar el país se tendían vías férreas que, si bien fortalecían el contacto entre mercados regionales, también separaban comunidades (como documenta el clásico texto de Coatsworth). Ahora, con el pretexto de fortalecer la comunicación terrestre con la vía rápida México-Querétaro, se otorga una licitación a un grupo de constructoras en las que sobresale la que hizo la “casa blanca” en la que vivirá la pareja presidencial cuando termine el sexenio. Como decía otro clásico: el problema es que la historia se repite dos veces, una como tragedia, la otra como farsa. 


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